Metáforas futbolísticas

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El fútbol está en la calle, en los medios de comunicación, en nuestra conversación diaria, seamos o no aficionados; incluso en la de los más desafectos. Su jerga trasciende el ámbito deportivo de tal manera que puede resultar desapercibido, inadvertido, para muchos de nosotros.

Quién no sabe lo que es estar en órsay, casarse de penalti o que alguien nos meta un gol. Dicen que Rafael Sánchez Ferlosio, con su notoria aversión al deporte, lamentaba que ya no le engañaran a nadie, sino que le “metieran un gol”.

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Arte de sobra

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Alineación del equipo que pugna por ganar el Mundial de la Historia del Arte.

En pie, de izquierda a derecha: Diego Velázquez (cap.), Miguel de Cervantes, Joan Miró, García Lorca, Paco de Lucía y Francisco de Goya; agachados: Luis Buñuel, Pablo Picasso, Salvador Dalí, El Greco y Antonio Gaudí.

Quizá sea más polémica que las de Luis Enrique, pero es un comienzo. El seleccionador y autor es Gradimir Smudja, pintor y dibujante serbio.

Yo habría introducido a Eduardo Chillida como portero.

Hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol

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Cayó el telón liguero, al menos el de la Primera División. Es tiempo de hacer balance, tiempo de análisis y de publicación de estadísticas.

A lo largo de la temporada, a menudo me ha llamado la atención la cantidad de goles que se han metido en el período de descuento, un tiempo añadido por los árbitros que se va alargando por el aumento de cambios de jugadores, las interrupciones del juego por el VAR y las revisiones de las jugadas polémicas en monitor o las pausas de hidratación, en su caso. Según datos facilitados por el Comité Técnico de Árbitros (CTA), el tiempo de alargue de los partidos ha pasado de 5:49 minutos en la temporada 20/21 a 7:42 en la 21/22; y su presidente, Medina Cantalejo, ha asegurado que “nos iremos al minuto 14 o 15, si hace falta”.

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Balones radiactivos

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Vuelve el fútbol, con las imágenes de Chernobyl, la miniserie coproducida por la norteamericana HBO y la británica Sky que destripa la mayor catástrofe nuclear de la historia, aún prendidas en mi retina. Pero qué tiene que ver el fútbol con semejante desastre. Pues nada, o todo, como así fue en su momento, para Andriy Mykolayovych.

El 26 de abril de 1986 tenía nueve años. Jugaba en la calle con otros chicos de su pueblo. Era el mejor, con diferencia. Regateaba a todos, casi a ciegas, mientras se reía, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo a doscientos kilómetros de Dvirkivshchyna –una secuencia de decisiones equivocadas había provocado la explosión del reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl–. En un momento, Andriy tira de lejos, el balón rebota y va a parar a un tejado cercano. Ahora son los demás los que se ríen. Sin balón, no hay partido. Decide trepar y, allí arriba, se lleva una sorpresa. No sólo está su balón, sino varios, perdidos y olvidados, y vuelve a sonreír.

Regresa a casa con tres de ellos y cuenta, exultante, que llevaban mucho tiempo en el tejado: “es como si estuvieran esperándome”. Mykola, el padre de Andriy, es mecánico militar. Con gesto serio, abre un cajón y saca un extraño aparato, como un transistor, lo enciende y lo acerca a los balones. El aparato empieza a hacer un extraño ruido. Mykola Shevchenko y su hijo de 9 años miran sorprendidos la aguja del medidor Geiger. Había que tomar una decisión. Al día siguiente abandonaban Dvirkivshchyna para refugiarse en Kiev huyendo de la radiación de Chernobyl.

Tras pasar los controles necesarios para descartar cualquier índice de radiactividad, Andriy Shevchenko empieza a jugar en las categorías inferiores del Dynamo de Kiev dando comienzo a una carrera que le llevará hasta el Olimpo de los dioses del fútbol. Del Dynano, al AC Milan y al Chelsea. 413 goles y 145 asistencias en 847 partidos. Multicampeón y Balón de Oro en 2004.

La decisión que tomó Mykola Shevchenko ante aquellos balones radiactivos, representa la cara de la moneda que la catástrofe de Chernobyl lanzó al aire. Al fin y al cabo, la vida es también una sucesión de decisiones que provocan nuevas alternativas para continuar decidiendo. Algunas, incluso, como las dos caras de una misma moneda, no se entienden la una sin la otra. De la actitud ante las nuevas situaciones y de la predisposición para aprender de lo vivido, resulta lo que somos.

Con el paso del tiempo, el sarcófago construido para aislar el reactor 4 después del accidente se fue deteriorando por el efecto de la radiación, el calor y la corrosión generada por los materiales contenidos, con grave riesgo de derrumbe de la estructura. En abril de 2012 comenzaba la construcción del nuevo sarcófago para reducir el riesgo de una nueva catástrofe y cinco meses después, el 28 de julio, Andriy Shevchenko colgaba las botas en su Dynamo de Kiev. Hoy es el entrenador de la selección de Ucrania.

Otra vez, el fútbol nos da pie para hablar de las cosas importantes.

El flemón de Hamel

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El partido de octavos de la Champions que han jugado el Real Madrid y el Ajax nos ha brindado la oportunidad de recordar a un carismático jugador del equipo holandés.

Su historia nos lleva a Hooghalen, una ciudad del norte de Holanda, cerca de la frontera con Alemania, donde estaba instalado el campo de tránsito de Westerbork, desde el que fueron deportadas miles de personas en trenes que partían hacia los campos de concentración de Auschwitz, Sobibor, Theresienstadt y Bergen-Belsen.

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Didier Drogba, el artillero de la paz

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Uno de los arietes más destacados de las dos primeras décadas del siglo XXI ha colgado las botas. Hace sólo unos días, el 22 de noviembre, el delantero marfileño que llevó al Chelsea a la gloria, anunciaba su retirada definitiva del fútbol profesional en su cuenta de Instagram.

La noticia ha corrido como un reguero de pólvora. Las estadísticas dicen que Didier Drogba metió 370 goles y dio 145 asistencias en 805 partidos, que jugó tres mundiales y ganó 16 títulos, incluido el de la Champions League en 2012 con el Chelsea. Aquel día, la estrella de Drogba brilló como nunca para alcanzar el zénit de su carrera. Su equipo perdía la final ante el Bayern Múnich, hasta que, en el minuto 88, se elevó dentro del área, girando la cabeza remató un balón que le llegaba desde el córner y lo mandó al fondo de la red, empatando el partido; y, en la tanda de penaltis, volvió a batir a Neuer en el quinto y definitivo lanzamiento, para darle el trofeo al club inglés por primera vez en su historia.

Pero la victoria más importante de su vida no la consiguió sobre el césped, sino en un vestuario. Ocurrió el 8 de octubre de 2005 en una ciudad de Sudán llamada Omdurmán, tras un partido en el que el equipo de Costa de Marfil se clasificó por primera vez para un Mundial de fútbol. Un país que se hallaba sumido en una cruenta guerra civil, partido por la mitad, desbordaba alegría tras ganar su selección a la de Sudán por tres goles a uno, en el último partido de la fase clasificatoria. Cuando el equipo celebraba la victoria y la clasificación en el vestuario, el capitán y líder indiscutido de su selección, invitó a los periodistas y, ante las cámaras de la televisión de su país, rodeado por sus compañeros, cogió el micrófono y dirigió unas palabras a sus compatriotas: “Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte y del sur, del este y del oeste”, dijo. “Acaban de ver que toda Costa de Marfil puede cohabitar, puede trabajar unida con un mismo objetivo: clasificarse para el Mundial. Les habíamos prometido que esta fiesta iba a unir al pueblo; hoy les pedimos otra cosa”. Drogba se puso entonces de rodillas, pidió a sus compañeros que le imitaran, e imploró a sus conciudadanos: “Por favor: perdonen, perdonen, perdonen”. Luego añadió: “Un gran país como el nuestro no puede hundirse así en la guerra. Por favor, depongan las armas, organicen unas elecciones y todo irá bien”.

Tres años de guerra civil desangraban Costa de Marfil y aquél sencillo alegato fue capaz de conmover a todo el país. El impacto fue tan poderoso que una semana después, los dos bandos en guerra firmaron un alto el fuego que resultó ser el principio del fin del conflicto.

El fútbol es capaz de lo peor, pero también de lo mejor, y Didier Drogba se encargó de demostrarlo.