Fuego amigo

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¡Más madera, esto es la guerra!, debieron pensar al ver que el misil impactaba en el objetivo, después de pulsar el botón. Misión cumplida. El chat del grupo que había coordinado la operación era un clamor.

Los informes de inteligencia habían llevado a las fuerzas estadounidenses a buscar un Toyota Corolla blanco que sospechaban podía estar siendo usado por el ISIS-Khorasan, la rama local del Estado Islámico en Afganistán. Lo habían localizado y un dron Reaper MQ-9, llamado también Depredador B, seguía sus movimientos y los de su conductor por las calles de Kabul.

Esa mañana de domingo, 29 de agosto de 2021, había entrado en unas “instalaciones desconocidas”, situadas en la zona donde la Inteligencia había detectado la preparación de un atentado. Le vieron recoger un “maletín”. Más tarde, visitó una garita de seguridad de los talibanes y observaron cómo metía varios contenedores en el coche con la ayuda de otros “cómplices” a los que luego dejó en sus casas, con efusivos abrazos, antes de retirarse para perpetrar el atentado. Sí, el Toyota Corolla blanco, que a primera hora de la mañana era un “vehículo sospechoso”, después de ocho horas de seguimiento, resultaba tan sospechoso que había alcanzado el grado de objetivo. Estaba “cargado de explosivos” y tenían que pararlo antes de que fuera demasiado tarde. Cuando lo vieron aparcar en un callejón decidieron que era el mejor momento para destruirlo. Alguien pulsó el botón y… ¡bum!

La operación había culminado con éxito, desbaratando “una amenaza inminente” del ISIS-K, que pretendía hacer estallar un coche bomba en el aeropuerto de la capital afgana. “Hubo explosiones secundarias, sustanciales y poderosas, después de la destrucción del vehículo, que confirmaban que había una gran cantidad de material explosivo en el interior”, dijo el capitán Bill Urban, portavoz del Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (CENTCOM).

Pero The New York Times y los medios de prensa internacionales desplazados en Kabul para cubrir la caótica desbandada occidental, pronto empezaron a plantear serias dudas sobre la versión oficial y a hablar de muertos civiles, abriendo un espacio para la incertidumbre en la cúpula militar. Ahora eran los medios los que sospechaban que el Ejército estadounidense había seguido el coche equivocado.

Zemari Ahmadi era el conductor. Un ingeniero afgano que llevaba dieciséis años trabajando para Nutrition and Education International (NEI), una ONG estadounidense con sede en Pasadena (California), dedicada a combatir la desnutrición. Un día antes había estado ayudando a preparar y repartir comidas a mujeres y niños en los campos de refugiados de Kabul, dijo Steven Kwon, presidente de NEI. Las instalaciones “desconocidas”, eran las de la sede de la ONG en Kabul. El “maletín” que había recogido contenía un ordenador y los contenedores que había cargado en la parte trasera del vehículo eran bidones de agua que llevaba a su extensa familia.

Cuando lo vieron en aquel callejón, Zemari llegaba al patio de su casa en Khwaja Bughra, una densa barriada del noroeste de Kabul, donde vivía con su familia y las de sus tres hermanos. Sus hijos y sobrinos habían salido a recibirle, poco antes de oír el zumbido del misil Hellfire de alta precisión que atravesó el vehículo y cayó sobre ellos. Un tanque de propano que había detrás del coche aparcado provocó las “explosiones secundarias” que habían servido para confirmar el éxito de la operación.

Diez miembros de la familia Ahmadi, siete de ellos niños, morían en un instante. Malika y Sumaya tenían dos años, Aayat todavía no los había cumplido. Armin y Benyamin, dos de sus sobrinos, no pasaban de los siete, y sus hijos Farzad, Faisal y Zamir, contaban nueve, quince y diecinueve. Completaba el peligroso comando yijadista que, liderado por el propio Zemari Ahmadi, pretendía atentar con un coche bomba contra el ejército estadounidense, Ahmad Nasser, ex oficial del ejército afgano y colaborador de las tropas de EEUU, que murió a solo unos días de casarse con Samia Ahmadi. Así es como esta familia, ilusionada con los preparativos del enlace y la expectativa de una pronta evacuación a EEUU, tuvo que cambiar una boda por diez entierros.

Tres semanas después, el general Kenneth F. McKenzie, jefe del Mando Central de los Estados Unidos, reconoció que los responsables de Inteligencia que habían seguido a Zemari Ahmadi y su Toyota Corolla blanco por las calles de Kabul, durante ocho horas, habían malinterpretado sus movimientos. Todo había sido un “trágico error” y anunció que se había abierto una línea de investigación.

Este es el epílogo macabro firmado por el ejército estadounidense, horas antes de poner punto final a su presencia en Afganistán. El prólogo lo escribieron veinte años antes, el 27 de octubre de 2001, al comienzo de la operación Libertad duradera, cuando una bomba arrasó cuatro casas en la aldea de Ghanee Jil y segó la vida de Kokogul mientras cosía un traje de novia, hiriendo de gravedad a diecinueve personas. Mirza Jan recordaba una fuerte explosión. “Cuando me levanté del suelo, vi a mi mujer y a mis dos hijos cubiertos de sangre”, musitaba sin apartar los ojos de la fosa.

Entre uno y otro, hay un reguero de sangre que se puede seguir gracias a la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) y a un estudio realizado por Marc W. Herold, profesor de Desarrollo Económico en la Universidad de New Hampshire, que cifran en al menos 10.111 los muertos civiles provocados por las tropas de EEUU y la OTAN entre octubre de 2001 y junio de este año –última fecha sobre la que existen datos disponibles–, de los cuales al menos 454 eran niños, según los datos del Bureau of Investigative Journalism, con sede en Londres.

Hace unas semanas, el Pentágono comunicaba el final de su investigación interna. El ataque, efectivamente, fue un “error trágico”, pero no violó las leyes de la guerra. “La investigación no identificó ninguna violación de la ley, incluido el derecho de la guerra”, sostiene en un informe el teniente general Sami Said. “El objetivo previsto del ataque ­–el vehículo, su contenido y su ocupante– fue evaluado de buena fe, en ese momento, como una amenaza inminente para las fuerzas estadounidenses”. Esa evaluación “lamentablemente fue inexacta”, según el texto. “Los errores de la ejecución combinados con el sesgo de confirmación –definido como tendencia a sacar conclusiones acordes con lo que se cree probable­–, y los fallos de comunicación dieron como resultado lamentables bajas civiles”. Pero “no he visto ninguna falta de conducta o negligencia criminal”, concluye el investigador. El informe completo, por supuesto, está clasificado como confidencial, para proteger sus fuentes y métodos.

“En nombre de los hombres y mujeres del Departamento de Defensa, ofrezco mi más sentido pésame a los familiares supervivientes y al personal de Nutrition and Education International, el empleador del Sr. Ahmadi”, ha dicho el secretario de Defensa Lloyd J. Austin en un extenso comunicado sobre el resultado de la investigación. “Ahora sabemos que no había conexión entre el Sr. Ahmadi y el ISIS-Khorasan, que sus actividades en ese día fueron completamente inofensivas y que no estaban relacionadas en absoluto con la amenaza inminente que creíamos afrontar”. Por ello, “pedimos disculpas y nos esforzaremos por aprender de este horrible error”. Y a otra cosa mariposa.

En fin, son cosas que pasan. Fuego amigo. El portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki ha vuelto a hablar de daños colaterales, ese horrible eufemismo con el que siempre se trata de encubrir salvajadas como esta. Dicen, además, que Zemari Ahmadi y su familia eran buena gente, que no tenían enemigos, pero… con amigos así, quién necesita enemigos.

Estas cosas que pasan, no deberían quedar en el limbo de los hechos aislados que pasan casi desapercibidos. Esos ojos, que nos miran desde las fotografías que abren esta entrada, nos interpelan a todos.

Hijoputa

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Hijoputa, así, todo junto, o más concretamente hijo de puta, o sea hijo de una madre que es puta, es uno de los insultos más utilizados en lengua castellana. Por detrás de gilipollas, imbécil y cabrón, según un estudio liderado por Jon Andoni Duñabeitia, de la Universidad de Nebrija, y María del Carmen Méndez, de la de Alicante.

Aunque en tierras andaluzas se suele utilizar también de manera coloquial en un sentido positivo, como elogio informal y hasta encomiástico, la Real Academia de la Lengua dice que equivale a mala persona.

Su uso está tan normalizado, como se dice ahora, que no reparamos en la carga que contiene. Hay cientos de maneras de describir a un individuo de tal calaña o para desahogarse ante alguien a quien se quiere recriminar algo, pero esta es la que menos me gusta de todas ellas por varias razones.

1. Porque casi nunca es cierto que la madre del individuo en cuestión sea puta.

2. Porque desvía la responsabilidad, incluso la atención, del individuo hacia su progenitora. Es decir, se le pega la patada, en el culo de la madre, que carga con las fechorías de su hijo.

3. Porque me resulta hasta machista. El problema no es lo que el hijo sea o deje de ser, haya hecho o dejado de hacer, sino que su madre es puta. O sea, que importa más la circunstancia de la madre, que lo que al hijo le hace acreedor de ser una mala persona.

Hay quien va más allá e incluye al padre. Como dice el académico mexicano Guillermo Sheridan, es “un insulto a varias bandas”: “Se insulta al adversario por ser hijo de puta, pero, por metonimia, se insulta a la madre [por puta] y al padre [por permitir ser puta a su madre]”.

En fin, que es una palabrota, cuyo uso se debería evitar. Y si no podemos contenernos, porque los méritos contraídos por la mala persona son considerables, cabrón, por ejemplo, que la Real Academia define como persona que hace malas pasadas, es más directa y deja a salvo la dignidad de la madre.

He utilizado el masculino, pero, por supuesto, lo dicho vale igual para hija de puta. La condición de mala persona no es exclusiva de ningún género.

Quico Pi de la Serra compuso una canción que tituló Si los hijos de puta volaran nunca veríamos el sol, pero, aunque ha llovido sin parar durante los últimos veintiún días y veintiuna noches, hoy tenemos un cielo azul espléndido. Con esto no quiero decir que no haya tantas malas personas como veía el bueno de Quico, solo que los hijos de puta no son tantos.

Las vacas no dan leche

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En la presentación de su libro ‘Piensa, es gratis’, Joaquín Lorente se muestra como un apasionado de su trabajo, de la vida y de los más jóvenes, a los que augura un futuro mejor que el actual, eso sí, si son capaces de mantener unos valores más propios del pasado, como son la cultura del esfuerzo, el trabajo y la tensión cerebral constante. “La gente joven no reconstruirá la sociedad, la construirá distinta”, asegura el publicista.

Ese condicional: si son capaces; esos valores: la cultura del esfuerzo; y esa consideración: como más propios del pasado, me han tocado, porque este es un tema que me preocupa desde hace tiempo: la cultura del esfuerzo, que cada vez echo más de menos en mucha gente, también entre muchos jóvenes y adolescentes, y no solo en asuntos de trabajo.

En estas, he recibido por Facebook una parábola que me parece muy sugerente.

Un padre les decía a sus hijos que cuando cumplieran doce años les contaría el secreto de la vida. Cuando el mayor los cumplió, le preguntó a su padre, con ansiedad, cuál era ese secreto. El padre le dijo que se lo iba a contar, pero que no debía revelárselo a sus hermanos. El secreto de la vida es el siguiente: las vacas no dan leche. ¿Qué dices?, preguntó el chico sorprendido. Como lo oyes, las vacas no dan leche, hay que ordeñarlas, continuó el padre. Hay que levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, ir al campo, caminar por la dehesa llena de estiércol, amarrar la cola y entorpecer las patas de la vaca, sentarse en el taburete, colocar el cubo y hacer el trabajo uno mismo. Este es el secreto de la vida, la vaca no da leche. O la ordeñas, o no tendrás leche.

Pues eso, que no se puede esperar a que a uno le vengan a buscar, a que el gobierno provea y solucione. Que hay que dar el callo. Que hay que esforzarse para conseguir las cosas… Que hay que ser proactivo…

Que las vacas no dan leche. Que hay que ordeñarlas.

¿Dos Españas?, o tres

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Pues depende. 🎶 ¿De qué depende? 🎶, se preguntaba Pau Donés, y se respondía 🎶 de según como se mire, todo depende 🎶.

Hace mucho, mucho tiempo… más de un año… sí, porque, al ritmo que vivimos, un año es mucho tiempo, una barbaridad, publiqué un artículo en el que mostraba, a partir de los resultados electorales, la vigencia de las dos Españas de Machado desde la Transición. Pero hete aquí que, poniendo orden en el camarote, he rescatado un estudio del CIS sobre uno de los últimos procesos, el de abril de 2019, que observa los resultados desde una perspectiva diferente.

El estudio segrega los datos según la edad de los votantes y viene a decirnos que, con ese criterio, no hay dos Españas, sino tres: una España joven, que incluye a todos los que están entre los 18 y los 34 años; una España adulta, entre los 35 y los 64; y la España de los mayores, que ya han alcanzado los 65 años. Y si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, nos ofrece tres mapas que valen más que tres mil.

Si solo votara la España joven, Podemos y sus confluencias ganarían claramente las elecciones con 117 diputados (30,7%). El segundo partido sería Ciudadanos, con 94 (24,7%); el tercero el PSOE, con 67 (17,0%) y el PP quedaría en cuarta posición, con 51 (13,5%).

Con el voto de la España adulta como única referencia, Ciudadanos estaría en cabeza con 103 diputados (27,9%). El PSOE se situaría en segunda posición, con 85 (21,8%); en tercera Podemos, con 73 (20,8%) y el PP volvería a quedar en cuarta posición, con 67 (17,6%).

Pero si solo votaran los mayores de 65 años, ganaría el PP con 146 diputados (34,9%). El PSOE sería segundo, con 123 (31,3%); Ciudadanos se situaría en tercera posición, con 47 (16,3%) y en cuarta Podemos, con 11 (7,6%).

Así resulta que el componente generacional explica el voto en España con más contundencia que la posición ideológica. Sitúa a Podemos y al Partido Popular en cohortes extremas. Los morados son los más votados entre los menores de 35 años y los cuartos entre los mayores de 65. Los azules, por el contrario, son los más votados entre los mayores de 65 y los cuartos entre los menores de 35.

Cómo no acordarnos de Winston Churchill cuando decía, más o menos, aquello de que el que no es de izquierda a los veinte años no tiene corazón, pero el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro. Como si no fuera posible poner en estos menesteres el corazón y la cabeza a un tiempo.

Así que como venía a decir Pau Donés, todo depende del color del cristal con el que se mire, y atendiendo a la edad de los votantes no hay dos Españas, sino tres.

Pero en estos tiempos líquidos, que decía Bauman, parece que pocas cosas son sostenibles. Han pasado dos años de aquellas elecciones. Mucho, mucho tiempo, una barbaridad. Tanto que los líderes del cambio, Albert Rivera y Pablo Iglesias, ya están criando malvas políticas. Los morados tratan de reinventarse para salir del agujero y los naranjas vagan por la política en modo supervivencia.

Lo más curioso de todo es que, para ver quien consigue una mayoría suficiente para gobernar y superar el fraccionamiento, incluso para sacar adelante cualquier ley o iniciativa, seguimos contando por bloques.

¡Cosas de Yolanda Díaz!

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He de decir que mi relación con el marxismo es más cosa de Groucho que de Karl, pero aun a riesgo de parecer un peligroso comunista, chavista y bolivariano, hoy me atrevo a criticar al liberal José María Ruiz Soroa, por un artículo que acabo de leer en El Diario Vasco, titulado De la dictadura del proletariado a la democracia genuina.

Cierto es que su liberalismo militante suele alimentar reflexiones interesantes, pero a veces le puede la inquina y se deja llevar, como en esta ocasión, cuando comenta algunos pasajes extraídos del prólogo que la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, ha escrito para una nueva edición de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En uno de esos párrafos, que critica el autor, Yolanda Díaz sostiene: «El poder transformador del ‘Manifiesto’ nos habla de utopías encriptadas en nuestro presente que no son un dogma estático, imperturbable, monocolor, anclado en su propia razón, sino una clave interpretativa tan borrosa como exacta que nos permite pulir y retocar una y otra vez nuestra visión del mundo y de las cosas».

¡Ahí queda eso!, dice Ruiz Soroa. Y añade: Lo mismo podría escribirse del Evangelio. Pues claro, señor mío. Leer hoy determinados versículos del Levítico, no en clave interpretativa, sino como dogma estático, puede llevarnos a hacer interpretaciones al menos comprometidas.

Continúa afirmando que lo primero que llama la atención en este prefacio –a él claro–, es su silencio estruendoso sobre una afirmación de Marx y Engels en el mismo ‘Manifiesto’: la de que «el gobierno de los estados modernos no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Pongan «capitalismo» en el lugar de «burguesía» e intenten explicar cómo puede ser que el gobierno de un sistema capitalista liberal esté vicepresidido por una comunista

Ruiz Soroa no se explica cómo es posible, porque no quiere. Evita poner en su contexto lo que se escribió hace casi doscientos años, pretendiendo que hagamos en el siglo XXI una lectura literal, estática, sin tener en cuenta lo que ocurría en aquellos estados «modernos».

Cuando la Liga de los Comunistas encargó a Marx la redacción de su manifiesto, las asociaciones obreras eran ilegales en numerosos países y los trabajadores no podían votar; es decir, no había forma de que pudieran ver representados sus intereses en un gobierno al que solo llegaban quienes tenían «posibles». Los trabajadores de hoy pueden votar en elecciones libres y tener representación en el parlamento, incluso en el Ejecutivo. La evolución posterior ha hecho que el citado párrafo quedara obsoleto. No tiene, por lo tanto, ningún sentido extraer aquello que se escribió en 1848, para describir lo que ocurría entonces, hacer comparaciones con lo que sucede en 2021, como si nada hubiera cambiado, y luego pedirnos que intentemos explicarlo.

Es precisamente por eso por lo que Yolanda Díaz dice que el Manifiesto debe leerse en clave interpretativa y no como un dogma estático. Parece mentira que Ruiz Soroa intente tender al lector una trampa tan burda. Debe ser que el inexorable paso del tiempo le está desgastando las meninges. No todo vale.

Nunca fue fácil ser mujer en Afganistán

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No está el horno para bollos en Afganistán. Mucho menos para las mujeres, o para muchas de ellas. Hoy es la interpretación talibán de la Sharía la que les trae por la calle de la amargura, pero hasta cuando el viento llegó a soplar del lado contrario les tocó ser protagonistas.

Esta mañana he leído una breve reseña publicada en la prensa de hace más de un siglo sobre el impulso modernizador o “europeizador” del emir de Afganistán de aquel tiempo, que me ha llamado la atención, siendo éste un tema de máxima actualidad, en la que se dice lo siguiente:

El Afghanistan quiere europerizarse poco á poco, y empieza su emir por divorciarse de casi todas sus mujeres.

Sólo son cuatro las favorecidas, á quienes el emir conserva en su palacio.

A las que repudia las tiene, sin embargo, algunas consideraciones, pues les permite que se vuelvan á casar á su antojo, y aún se compromete á pasar una pensión á todas aquellas que no logren encontrar marido.

El emir quiere hacer ley de su capricho y ha publicado una proclama ordenando que todos los súbditos del Afghanistan sigan su ejemplo y conserven únicamente cuatro mujeres, divorciándose de las demás.

Los que no se avengan á esto sufrirán los más severos castigos.

El redactor de La Voz de Guipúzcoa finaliza su crónica, aquel 12 de marzo de 1903, haciendo un comentario que hoy no pasaría la censura:

Hay que estar preparados para la importación de “afghanistanesas” que se avecina; porque, en vista de esas disposiciones del Emir, deben quedar una porción de ellas en estado de merecer, y á falta de colocación en el Afganistan, se repartirán por el resto del planeta.

Por lo que parece, de una u otra mera, ya sean tiempos fundamentalistas o de modernización, las mujeres en Afganistán siempre están en el candelero.

Tribunal Constitucional

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El próximo mes de abril, por imperativo constitucional, el Gobierno de Sánchez designará a dos magistrados del Alto Tribunal. Es una facultad que el Ejecutivo puede ejercer cada 9 años. A Javier Tajadura, profesor de Derecho Constitucional, le preocupa esta designación y hace votos por que esos dos magistrados sean independientes y no tengan vinculación partidista alguna. O sea, que hay magistrados que no son independientes y que tienen vinculación partidista. No sé si hace nueve años también estuvo tan preocupado, pero hoy no debería porque estos serán tan independientes como los que nombró Rajoy. Con toda seguridad.

Otra decepción pandémica

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Hace unos meses expresaba mi desilusión al conocer la caída de la natalidad, nueve meses después del “apagón” producido por el confinamiento domiciliario: https://eduardo.fmsite.net/demografia-pandemica/. No supimos aprovechar la oportunidad.

Bueno, pensé, al menos habrá servido para conciliar la vida familiar, tan mermada por esa otra vida, la laboral; una reivindicación histórica.

Bueno, bueno. Pues esta mañana me he desayunado con otra decepción: La pandemia deja por primera vez más divorcios que bodas, revela un titular de prensa. Las demandas de disolución matrimonial presentadas durante el primer trimestre de 2021 aumentaron un 5,7% respecto al mismo periodo del año pasado, el último trimestre previo al confinamiento.

Según los datos recogidos por el servicio de Estadística del Consejo General del Poder Judicial, entre el 1 de enero y el 31 de marzo de 2021 se presentaron 15.048 demandas de divorcio consensuado, 9.290 demandas de divorcio no consensuado, 723 de separación consensuada, 304 de separación no consensuada y 22 demandas de nulidad. Lo que hace un total de 25.387 oportunidades perdidas.

Tantas horas para compartir, no han servido a muchas parejas para conciliar.

Cría cuervos y te sacarán los ojos

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Tan fino, como siempre, en sus reflexiones sobre el anglocentrismo, Álex Grijelmo ha reparado en el cambio que están protagonizando los seguidores de la presidenta madrileña. Hemos conocido suaristas, felipistas y guerristas, aznaristas y marianistas. La tradición ha llegado, incluso, hasta los sanchistas. Pero ellos ya son ayusers. Tienen cuenta en Twitter y en Instagram y tienda en línea, o sea, online para quienes no lo entiendan en español. En Ayushop venden camisetas con los lemas más libertinos de la presidenta y a las gentes del PP les hace felices. Pero, con buen tino, advierte Grijelmo si Pablo Casado no andará preguntándose por qué todavía no han aparecido los casaders.

Demografía pandémica

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Todavía falta más de media hora para que den las ocho, pero Ane y Markel ya están junto a la ventana mirando la calle vacía. Ha sido otro largo día jugando al escondite con el bicho, de largas horas para conciliar de lo lindo.

Viendo las calles vacías en aquellos meses de marzo y abril, de duro confinamiento domiciliario, quizá dejándome llevar por el mítico resultado del apagón de Nueva York, llegué a imaginar que nueve meses después viviríamos un auténtico baby boom, una explosión de natalidad.

Pero nueve meses después, los datos de los registros civiles me devuelven a la cruda realidad. Los nacimientos en diciembre y enero han caído estrepitosamente respecto a los mismos meses del año anterior, en los que no hubo ni bicho, ni confinamiento. Estos meses se han inscrito 45.054 bebés, fruto de aquellos días en los que nos encerramos en casa. Son 13.141 niños menos. Un registro que coincide con lo observado en otros países europeos de nuestro entorno, como Francia o Italia.

Solo en el pasado enero, el primer mes completo en el que pueden calibrarse las consecuencias del confinamiento, se han inscrito en el registro civil 6.889 criaturas menos que en el mismo mes de 2020. La diferencia es notable porque en enero de 2020 se registraron 511 niños menos que en enero de 2019. Si la caída entonces fue del 1,7%, la de ahora ha sido del 22,6%. Así que, además de llover sobre mojado, el chaparrón ha sido de aúpa.

¡Qué decepción! Es cierto que a veces me río por no llorar.

Estefanía optó por abortar al quedarse sin trabajo por el coronavirus; Guillermo y Paulina decidieron no tener su segundo hijo, amedrentados por la incertidumbre; Ane y Markel abandonaron definitivamente la idea de traer niños a este mundo, mientras miraban las calles vacías.

¡Cuántos proyectos vitales abatidos por el precariado! Esa sombra inquietante de un futuro incierto que está arruinando las bases de nuestra pirámide.