Paseando por el laberinto de don Julio Caro Baroja, he encontrado al sabio de Itzea enojado con los parlamentarios de su tiempo postrero, el de la Transición española.
Dice Caro, que lo menos que se puede esperar es la agresión verbal, oral o escrita. Esto, aunque no es nuevo, ha adquirido algunos matices especiales en nuestra hermosa época. Los periódicos y revistas clericales y anticlericales de comienzos de siglo, desde El Siglo Futuro al Motín, usaban y abusaban del dicterio, del improperio y hasta del insulto. Hubo un momento corto en que este juego de procacidades pareció mecánico, aburrido, monótono. Por otra parte, los oradores con pretensiones de conquistar a ciertos auditorios, tanto de izquierda como de derecha, usaban también, por la misma época, de parecida artillería verbal, que producía risa y satisfacción a los que oían. Hay un misterioso nexo entre el juego retórico a base de la ordinariez y de la grosería y la creencia de que éstas son patrimonio de los hombres de bien de determinado grupo político. Thiers, refiriéndose a ciertos ministros de Luis Felipe, que eran hombres un poco groseros al parecer, decía: “Se creen virtuosos porque son mal educados.” ¿Qué diría hoy? Todo el que hace alarde de “hombría de bien” (también la que paralelamente la hace de lo que podría llamarse “mujería”) cree que tiene que ser grosero, violento de expresión, un tanto cerril. En esto los que ponen el mingo [sobresalen] no son los políticos, sino los articulistas de ciertas publicaciones periódicas, que parecen creer que el grado de emancipación se mide por las palabrotas que se emplean y que el camino de la virtud está empedrado de ellas. Esto no asusta, pero da qué pensar acerca de la fuerza de los tópicos, arquetipos y modelos de conducta. Hace temer, por otra parte, que la capacidad de discurrir ordenadamente sobre un problema político o económico complicado vaya perdiéndose más y más. No ha de pensarse que un orador de mitin debe emplear un lenguaje calderoniano, ni imitar a los grandes oradores del pasado, pero de esto al género de oratoria que hoy tiene éxito en algunos medios y que podría caracterizarse como “oratoria testicular”, hay gran distancia y nadie la cubre.
Aunque, como se ve, el fenómeno no es nuevo, qué diría hoy el bueno de Caro al oír a tantos parlamentarios rompiendo la barrera del sonido. La agresividad es una especie de virus del comportamiento, más contagioso que el de Wuhan.
Nada
que no sea estrictamente cronológico empieza, ni acaba, con las doce campanadas
de un reloj, pero los cambios de década parecen propicios para levantar la
vista y mirar más allá, escudriñar el pasado y el futuro, para ver hacia dónde
vamos y de dónde venimos.
Al hacerlo,
en este momento, es inevitable la referencia de los felices años veinte del
siglo pasado, los también llamados años locos. Fue una década de excitación, en
la que terminó abriéndose paso una nueva y más rápida forma de vivir, pero
también de grandes transformaciones, de creciente confianza en la tecnología,
de progreso, en una palabra, que todos sabemos cómo acabó, con el crac del 29 y
el auge de los fascismos, que supieron cautivar a la sociedad.
Nosotros
empezamos nuestros años veinte con una cierta ventaja, con el crac ya hecho,
aunque todavía estemos pagando sus consecuencias, y una memoria histórica que
actúa como recordatorio de lo frágil que es la democracia, de cómo la libertad
puede retroceder cuando las fuerzas políticas se olvidan de defenderla día a
día y de los efectos que produce la manipulación y el fomento del odio.
La Gran Recesión de 2008 nos ha hecho pagar a casi todos, las consecuencias de los desmanes del capitalismo financiero y corporativo internacional y los efectos de las malas decisiones de la Unión Europea y los gobiernos nacionales, con su llamada política de austeridad, una carga de profundidad contra el estado de bienestar que ha dejado a muchos ciudadanos desprotegidos. Este error de los gobiernos democráticos, es el que ahora está alimentando el éxito de los dirigentes autoritarios que ofrecen protección a cambio de restringir libertades individuales y políticas fundamentales.
Como
nos ha recordado Antón Costas, el escritor norteamericano Mark Twain señaló que
“la historia no se repite, pero rima”. Hoy muchas circunstancias riman con las
de la década de los veinte del siglo pasado. En aquella etapa hubo dos tipos de
respuestas a la demanda de protección de la sociedad frente al intento de
imponer la utopía del libre mercado. La de los demócratas progresistas,
representada por la política del Franklin Delano Roosevelt, el new deal (contrato social), y la
protofascista, protagonizada por la política de austeridad del canciller alemán
Heinrich Brüning. La primera salvó a la democracia estadounidense. La segunda
fue una invitación a la llegada del fascismo a toda Europa.
Estamos
viendo reproducirse nuevamente aquel enfrentamiento entre progresistas y
fascistas, en una versión actualizada, y la felicidad de nuestros locos años
veinte dependerá del camino que emprendamos para llevar a cabo las grandes
transformaciones que necesitamos.
Ximona
ha sido la reina de la fiesta en la última feria de Santo Tomás. Las medidas de
seguridad adoptadas han evitado los problemas que se produjeron en la anterior,
cuando el grupo animalista Frente de Liberación Animal saboteó la presencia en
la plaza de la Consti de su colega
Gilda, para “dar una respuesta contundente mediante la acción directa a la
situación y las condiciones que sufren los animales”, porque “los cerdos, como
las demás especies, también tienen sistema nervioso central y la capacidad de
sentir; y, por ende, son individuos que merecen respeto”, dijeron. Algo hemos
conseguido, se acabó la tradicional rifa y, terminada la feria, la cerda vuelve
al caserío.
Y es que los animales lo pasan realmente mal. Por eso es comprensible que a la cerda de cartón piedra del Belén de la plaza de Guipúzcoa le hayan hecho una pintada, para sensibilizarnos sobre el asunto. Además, como ya nos venía advirtiendo la gente que sabe de esto, el ruido de los cohetes hace sufrir a sus mascotas, porque les provoca «ansiedad, desequilibrio nervioso, taquicardias, temblores, náuseas, pérdida de control, e incluso el fallecimiento». Así que hemos limitado el uso de la pirotecnia en Nochevieja a media hora y, de momento, hemos mitigado el sufrimiento.
En
cuanto a nuestro Olentzero, fiel a la cita navideña, ha aparecido estos días
sentado en una de las terrazas del Ayuntamiento. Al jovial carbonero,
borrachín, tripazai y un poco misógino, lo hemos hecho feminista junto a Mari
Domingi. Pero todavía lleva su capón, antes de que nos planteemos convertirlo
en vegetariano o vegano, y sigue produciendo CO2 con su txindorra en el bosque.
Así que igual tenemos que darle una vuelta al asunto para la próxima Navidad.
Donde
realmente hemos avanzado de manera importante, es en la cabalgata de los Reyes
Magos. Este año sin animales: ni ovejas, ni bueyes, porque su desfile ocasiona
estrés y una “humillación innecesaria a estos seres sintientes”; ni antorchas,
claro, que contaminan el aire, y los hemos sustituido por unos artilugios con
lucecitas de colores y unos caballos hinchables. Por poner una pega, diré que
no sé cómo todavía el rey negro sale el último.
Así
que, a ver, quién decía que somos tradicionalistas y que no sabemos innovar.
Cuando
en abril de 2015, la forense italiana Cristina Cattaneo y su equipo trataban de
poner nombre a los cientos de inmigrantes ahogados en el canal de Sicilia, se
encontraron con el cuerpecito desmedrado de un niño de catorce años, vestido
con chaqueta, chaleco, camisa y vaqueros. Al levantarlo, advirtieron que llevaba
algo pesado y duro cuidadosamente cosido en la chaqueta. Eran sus boletines de
notas escolares. Todos con magníficas calificaciones. Al emprender su viaje de
más de tres mil kilómetros hacia la Tierra Prometida, el niño de Malí sólo
llevó consigo la prueba de su esfuerzo y su rendimiento escolar, quizá para
demostrar que era un chico bueno y aplicado, quizá pensando que aquellos
boletines valían más que un pasaporte.
Hace unos días,
se ha presentado el Informe sobre Desarrollo Humano 2019, del Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Desde el principio, sus autores,
advierten que hay un hilo conductor en la mayoría de los problemas que nos
afectan: la profunda y creciente frustración que generan las desigualdades que,
en el ámbito del desarrollo, pueden tener consecuencias dramáticas.
Piénsese –dicen–, en dos niños nacidos el año 2000, uno en un país con desarrollo humano muy alto y el otro en un país con desarrollo humano bajo. Hoy en día, el primero tiene una probabilidad superior al 50% de estar matriculado en la educación superior: en los países con desarrollo humano muy alto, más de la mitad de los jóvenes de veinte años se encuentran cursando estudios superiores. Por el contrario, el segundo, el nacido en un país con desarrollo humano bajo, tiene una probabilidad muy inferior de estar siquiera vivo: alrededor del 17% de los niños nacidos en países con desarrollo humano bajo en 2000, habrán muerto antes de cumplir los veinte años, frente a tan solo el 1% de los nacidos en países con desarrollo humano muy alto. También es poco probable que el segundo muchacho esté realizando estudios superiores: tan solo el 3% de los jóvenes de esta generación lo logra en los países con desarrollo humano bajo.
Es cierto que los números son fríos, pero igual cosidos a la chaqueta del niño de Malí arden en nuestras conciencias. Que por lo menos, nos den que pensar.
Si la
formación de gobierno ya era difícil tras los resultados del 28 de abril, con la
repetición de las elecciones se ha complicado aún más. PSOE y Unidas Podemos
han perdido apoyos, el PP no ha conseguido los suficientes, Ciudadanos se ha
estrellado y los xenófobos y reaccionarios han conseguido duplicar, con holgura,
su presencia en el Congreso, convirtiendo a Vox en la tercera fuerza del
Parlamento, segunda en cinco provincias y primera en dos, logrando, además, el
sorpasso al PP en nueve.
De una
manera más o menos explícita, son muchos los que reclaman una Gran Coalición PSOE-PP.
Desde González y Rajoy, hasta Alfonso Guerra y Aznar, pasando por Núñez Feijoo,
Rodríguez Ibarra, Cayetana Álvarez de Toledo y Alfonso Alonso, entre otros. Pedro
J. Ramírez, director ahora de El Español, ha pedido incluso la convocatoria de
una gran marcha desde Ferraz, la sede del PSOE, hasta Génova, la del PP, para pedir
su formación. Hasta Santiago Abascal y la Conferencia Episcopal se han apuntado
al festival. Pero, si así fuera, ¿se han preguntado quién quedaría como líder
de la oposición?
Las
organizaciones empresariales también se han pronunciado a favor. Uno de los más
claros ha sido el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, quien
ha señalado que “en la actual situación sólo un pacto entre el PSOE y el PP
podría garantizar la necesaria estabilidad. Cualquier otra opción, nos aboca a
un gobierno inestable que no duraría cuatro años”, y por si cabía alguna duda, ha
añadido que un Ejecutivo “con Unidas Podemos y Más País, no aplicaría la estrategia
económica precisa para promover el crecimiento y afrontar los grandes desafíos
que tenemos por delante”. El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, no ha
sido tan explícito, pero ha apelado a la máxima responsabilidad y visión
transversal de los partidos políticos llamados a gobernar, haciendo referencia
a la experiencia “transversal” de Alemania.
Efectivamente,
en la actual situación española, la experiencia alemana puede ser de utilidad.
Allí, la fragmentación del sistema de partidos también ha dificultado la
formación de gobiernos, sobre todo, porque las combinaciones que precisan la
participación de los ultraderechistas de laAlternativa para Alemania (AfD), una organización similar a
Vox, son descartadas de plano, por todo el arco parlamentario, tanto en el
Estado federal como en los estados federados.
Las elecciones generales de 2013 las ganó la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Angela Merkel, con un 34,1% de los votos, quedando en segundo lugar el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), con el 25,7%. Ninguno de los dos fue capaz de formar gobierno y terminaron recurriendo a la fórmula “transversal” que sugiere Garamendi, la Gran Coalición o GroKo, como la llaman ellos, acrónimo de Grosse Koalition. La recién nacida AfD sólo consiguió el apoyo del 4,7% de los alemanes. Cuatro años después, en las elecciones generales de 2017, con una pérdida de votos del 8,5% y del 5,2% respectivamente, los democratacristianos de la CDU y los socialdemócratas del SPD cosecharon sus peores resultados desde la creación de la República Federal de Alemania en 1949. Sin embargo, los xenófobos y reaccionarios de la Alternativa para Alemania (AfD), entraban por primera vez, desde entonces, en el Bundestag, con el 12,6% de los votos y 94 escaños, triplicando los resultados de 2013 y convirtiéndose en la tercera fuerza política alemana.
El socialdemócrata Martin Schulz señaló la necesidad de revivir la confrontación política entre la “izquierda democrática” y la “derecha democrática”, o lo que es lo mismo, una dinámica de oposición al gobierno que estaba olvidada. Pero Merkel fracasó en su intento de acuerdo con liberales y verdes, quedando sólo dos escenarios posibles: la repetición electoral o una nueva Gran Coalición, porque en Alemania nadie cuenta con la ultraderecha. Así que la GroKo volvió al gobierno y la AfD, una organización de extrema derecha, xenófoba y reaccionaria, lidera la oposición y, desde entonces, no ha dejado de crecer. Ha conseguido representación en todos los estados federados de Alemania. En las elecciones al Parlamento Europeo de mayo, obtuvo 11 eurodiputados. En septiembre, se convirtió en la segunda fuerza política en los comicios de Sajonia y Brandeburgo. Con un 27,5% de los votos en Sajonia, la AfD obtuvo el mejor resultado electoral de su breve historia. Y, en octubre, también consiguió el segundo puesto en las elecciones del estado federado de Turingia, duplicando los resultados de 2014 y desbancando a la CDU y al SPD.
La
experiencia “transversal” alemana nos enseña que, con la Gran Coalición de
conservadores y socialdemócratas en el gobierno, la extrema derecha lidera la
oposición y no deja de crecer. Esa es la Alternativa para Alemania. ¿Cuál sería
la española? ¿Dejar, también, la oposición en manos de la ultraderecha?
Nota: los
resultados electorales se han obtenido de la base de datos ParlGov
Desmontado el mito de la Tercera España, aquella que se declaró neutral porque los dos bandos eran igual de malos; aquella España equidistante, en cuya supuesta inhibición se encontraría el germen de la España de hoy, los resultados electorales no hacen sino confirmar, de manera tozuda, que las dos Españas siguen siendo una realidad.
Ya lo vimos al comienzo de la Transición Democrática, cuando en las primeras elecciones de 1977, UCD+AP consiguieron el apoyo de 7.815.162 españoles (42,65%); y la suma de PSOE+PCE+PSP, recibió el de 7.898.338 (43,10%), con una escasa diferencia entre bloques de 0,45 décimas. En las siguientes, las de 1979, el resultado reflejó una coyuntura muy similar: UCD+CD, 7.328.923 (40,74%); PSOE+PCE, 7.408.300 (41,18%) y una diferencia de 0,44 décimas.
Luego, PSOE y PP se convirtieron en partidos hegemónicos que se disputaron las mayorías absolutas alternándose en el poder y ocultando bajo su manto corrientes subterráneas que han vuelto a aparecer en el nuevo ciclo abierto en 2015. Con la creación de Ciudadanos, Podemos y VOX, el fin del bipartidismo nos ha devuelto a aquella dinámica. En las elecciones celebradas en 2015, PP+Cs obtuvieron 10.716.293 votos (42,65%) y PSOE+Podemos, 10.720.242 (42,67%); una diferencia, casi insignificante, de 0,02 centésimas. En las celebradas este año, se ha mantenido el equilibrio: el 28 de abril, PP+Cs+VOX, consiguieron 11.217.410 votos (42,81%) y PSOE+Podemos, 11.264.287 (42,99%), con una diferencia de 0,18 décimas; y el 10 de noviembre, PP+Cs+VOX, 10.297.472 votos (42,70%) y PSOE+Podemos+Más País, 10.351.926 (42,92%), y 0,22 décimas de diferencia.
Ya casi
nadie es capaz de hacer un análisis completo y riguroso de la situación política
tras unas elecciones, sin sumar los resultados de cada bloque. Por eso, ante
las dificultades que esta circunstancia genera, la palabra del año es
desbloquear.
Además,
otros dos mitos que se han caído son el de la transversalidad y el del fin del
eje izquierda-derecha. Los partidos son vasos comunicantes, por lo que el crecimiento
de uno es siempre a costa de los resultados de otros partidos de su bloque
ideológico, de izquierda o de derecha.
No se
trata, por lo tanto, de una interpretación maniquea, sino de una constatación
empírica. Y por si a alguien le cabe alguna duda, podemos añadir que, desde la
izquierda, se ha rescatado el “¡no pasarán!” contra PP, Ciudadanos y VOX, el “trifachito”
de la plaza de Colón; y, desde la derecha, llegan voces que claman contra “un
nuevo gobierno del Frente Popular”, tras el preacuerdo alcanzado por PSOE y Podemos.
Se ha recuperado el relato franquista de la cruzada de la verdadera España contra
la anti-España y, cuarenta y cuatro años después de la muerte del dictador, la memoria
histórica todavía reabre “viejas heridas del pasado”, dicen.
Así seguimos… entre una España que no se muere y otra España que sigue bostezando. Que el ruido de los hunos y de los hotros, que decía Unamuno, no llegue a helarnos el corazón.
Nota:
los datos ofrecidos se han elaborado a partir de los proporcionados por el
Ministerio del Interior.
A Ronald
Reagan no le gustaban los hippies.
Decía que eran individuos que vestían como Tarzán, llevaban el pelo como Jane y
olían como Chita. Probablemente el aspecto de los parlamentarios británicos sería
más de su gusto, pero cuando Banksy los ha visto como chimpancés será por algo.
‘Devolved Parliament’ (‘Involución del Parlamento’ o ‘Parlamento
transferido’) se titula la cáustica pintura que abre esta entrada. En ella,
el provocador y enigmático artista y grafitero, ha recreado los verdes escaños
de la Cámara de los Comunes, en el parlamento de Westminster, ocupados por
chimpancés, en una de sus tumultuosas sesiones.
La obra,
que se ha subastado hace unos días en Londres por 11,1 millones de euros, es toda
una bofetada a la clase política británica que, por analogía, se podría
extender a algún que otro parlamento más cercano. A juicio de Alex Branczik,
jefe del departamento de arte contemporáneo europeo en Sotheby’s, el artista
subraya “la regresión de la democracia parlamentaria más antigua del mundo en
una actitud tribal y animal”.
Recurriendo
a nuestros primos hermanos evolutivos, hace alusión a un retroceso en su
particular teoría de la evolución parlamentaria. Aunque casi nos hemos
acostumbrado a las broncas sesiones del parlamento británico, entre los gritos
y abucheos de sus señorías, y las desesperadas llamadas al orden de su speaker, John Bercow, la distopía simia
de Banksy conmueve por su sorprendente realismo.
El propio artista publicó el pasado mes de marzo en su cuenta de Instagram un post en el que explicaba que la obra había sido expuesta de nuevo en el Museo de Bristol para conmemorar el día del Brexit: “Hice esto hace diez años. El museo de Bristol acaba de volver a exhibirlo para conmemorar el día del Brexit”. «Reíd ahora, pero llegará un día en el que no haya nadie al mando», añadió.
La profética
pintura data de 2009 y, originalmente, se tituló ‘Question Time’ (‘Turno de
preguntas’). Como otras muchas, seguramente obedece a la máxima del autor,
según la cual “El arte debería consolar a los perturbados y perturbar a los cómodos”.
Los
científicos del Consorcio Internacional para el Genoma del Chimpancé aseguran
que compartimos con ellos casi el 99% de la secuencia básica del ADN. Parece
que, a solo unos días de la fecha límite para el Brexit, Banksy quisiera advertirnos
de que los parlamentarios de Westminster han perdido lo poco que nos diferencia.
Recuerdo haberme inquietado al oír el eco que llegaba del espacio exterior sobre la renuncia de los marcianos a invadir la tierra, tras descartar que pudiera haber vida inteligente. Lo cierto es que ya no se producen avistamientos de ovnis como antes. Sin embargo, sigo inquieto, porque tengo la impresión de que cada día hay más marcianos entre nosotros.
Vuelve
el fútbol, con las imágenes de Chernobyl, la miniserie coproducida por la
norteamericana HBO y la británica Sky que destripa la mayor catástrofe nuclear
de la historia, aún prendidas en mi retina. Pero qué tiene que ver el fútbol
con semejante desastre. Pues nada, o todo, como así fue en su momento, para
Andriy Mykolayovych.
El 26
de abril de 1986 tenía nueve años. Jugaba en la calle con otros chicos de su
pueblo. Era el mejor, con diferencia. Regateaba a todos, casi a ciegas,
mientras se reía, completamente ajeno a lo que estaba ocurriendo a doscientos
kilómetros de Dvirkivshchyna –una secuencia de decisiones
equivocadas había provocado la explosión del reactor número 4 de la central
nuclear de Chernobyl–. En un momento, Andriy tira de lejos, el balón rebota y
va a parar a un tejado cercano. Ahora son los demás los que se ríen. Sin balón,
no hay partido. Decide trepar y, allí arriba, se lleva una sorpresa. No sólo está
su balón, sino varios, perdidos y olvidados, y vuelve a sonreír.
Regresa
a casa con tres de ellos y cuenta, exultante, que llevaban mucho tiempo en el tejado:
“es como si estuvieran esperándome”. Mykola, el padre de Andriy, es mecánico
militar. Con gesto serio, abre un cajón y saca un extraño aparato, como un
transistor, lo enciende y lo acerca a los balones. El aparato empieza a hacer
un extraño ruido. Mykola Shevchenko y su hijo de 9 años miran sorprendidos la
aguja del medidor Geiger. Había que tomar una decisión. Al día siguiente abandonaban Dvirkivshchyna para refugiarse en Kiev huyendo
de la radiación de Chernobyl.
Tras
pasar los controles necesarios para descartar cualquier índice de radiactividad,
Andriy Shevchenko empieza a jugar en las categorías inferiores del Dynamo de
Kiev dando comienzo a una carrera que le llevará hasta el Olimpo de los dioses
del fútbol. Del Dynano, al AC Milan y al Chelsea. 413 goles y 145 asistencias
en 847 partidos. Multicampeón y Balón de Oro en 2004.
La
decisión que tomó Mykola Shevchenko ante aquellos balones radiactivos,
representa la cara de la moneda que la catástrofe de Chernobyl lanzó al aire.
Al fin y al cabo, la vida es también una sucesión de decisiones que provocan
nuevas alternativas para continuar decidiendo. Algunas, incluso, como las dos
caras de una misma moneda, no se entienden la una sin la otra. De la actitud
ante las nuevas situaciones y de la predisposición para aprender de lo vivido,
resulta lo que somos.
Con el
paso del tiempo, el sarcófago construido para aislar el reactor 4 después del
accidente se fue deteriorando por el efecto de la radiación, el calor y la
corrosión generada por los materiales contenidos, con grave riesgo de derrumbe
de la estructura. En abril de 2012 comenzaba la construcción del nuevo sarcófago
para reducir el riesgo de una nueva catástrofe y cinco meses después, el 28 de
julio, Andriy Shevchenko colgaba las botas en su Dynamo de Kiev. Hoy es el
entrenador de la selección de Ucrania.
Otra
vez, el fútbol nos da pie para hablar de las cosas importantes.
Por lo
que estamos viendo, el paréntesis estival no ha sido suficiente para hacer la
reflexión necesaria sobre lo que supuso el resultado de las elecciones
generales y lo sucedido hasta la fallida sesión de investidura, porque volvemos
a las andadas.
Sin
lugar a dudas, los ciudadanos premiaron a quienes favorecieron la moción de
censura y castigaron a los que se opusieron. ¿Cuál es el problema entonces? La gestión
de aquel resultado es compleja, sin duda, sobre todo por la falta de
precedentes, pero el problema más importante es la falta de cultura
democrática, la ausencia de una cultura de pacto, necesaria para superar la de
bloqueo.
El
fraccionamiento político, que también afecta a toda Europa, ha encontrado en el
acuerdo, en el pacto, la solución. 19 de los 28 países de la Unión Europea
tienen hoy un Gobierno de coalición, con al menos dos partidos en cargos
ministeriales, y en cinco de ellos el pacto no alcanza la mayoría parlamentaria.
España, sin embargo, es, junto a Malta, el único que no ha tenido un gobierno
de coalición en los últimos cuarenta años y los cuarenta anteriores son de
infausto recuerdo.
Desde
que Fraga, siendo ministro de Franco, acuñó aquel eslogan, sabemos que España es diferente, por eso en lugar de
reflexionar sobre estos datos y adoptar una actitud más europea, los partidos se
afanan en buscar otro tipo de soluciones, como la reforma del artículo 99 de la
Constitución, que regula el procedimiento para la investidura del presidente
del Gobierno, o de la Ley Electoral, para dar una prima de 50 diputados al
partido ganador de las elecciones, como en Grecia, o instaurar una segunda
vuelta, como en Francia. En definitiva, remedios para soslayar la diversidad,
acabar con la proporcionalidad y resolver su incapacidad para pactar y llegar a
acuerdos.
El
cambio más importante, por lo tanto, debe ser el de la actitud, el de asumir que
se acabó el tiempo de las mayorías absolutas, que el pueblo es plural y diverso
y que lleva tiempo expresando, reiteradamente, que prefiere fórmulas de poder
compartido. Sin embargo, y por lo que parece, para nuestras élites políticas,
la culpa es del pueblo que no ha estado a la altura de las circunstancias y ha
elegido mal, por lo que hay que darle otra oportunidad de elegir mejor. Así
que, muy probablemente, podemos vernos abocados a la repetición de las
elecciones. ¿Y si los resultados son similares? ¿Hasta cuándo seguiremos
repitiendo?
Comportamientos
como éstos socavan la confianza de la sociedad en la política, especialmente la
del electorado progresista, porque con ellos parecen dar la razón a Bertolt
Brecht cuando en su poema satírico La
Solución indicaba que el pueblo había perdido la confianza del gobierno y
se preguntaba: ¿No sería más simple en ese caso para el gobierno disolver el
pueblo y elegir otro?