Este sábado se celebra la festividad de San Pedro y San Pablo y, cuando lo he visto en el calendario, me ha asaltado el recuerdo de nuestras andanzas, hace casi un año, por San Petersburgo, paseando por la fortaleza de San Pedro y San Pablo, la ciudadela mandada construir por Pedro I el Grande en la pequeña isla de Záyachi, a orillas del río Neva, a partir de la cual fundó una nueva ciudad a la que dio el nombre del apóstol; y por la pequeña catedral de San Pedro y San Pablo, donde están enterrados los zares, dentro del recinto amurallado.
Por el mar corren las liebres y por el monte las sardinas… cantábamos, cuando en el colegio salíamos de excursión: Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, tralará, empezábamos, y entre risas aprendimos que la mentira era lo opuesto a la verdad.
Desde
la más tierna infancia nos enseñaron que era tan vieja como la humanidad y que
ya uno de los Diez Mandamientos que Moisés recibió en el monte Sinaí prohibía
dar falso testimonio, por lo que mentir era pecado, algo malo que no se debía
hacer. Luego, cuando empezamos a hacernos mayores, fueron llegando los matices
y así supimos que había mentiras piadosas y hasta medias verdades.
Casi nadie pone en duda que la historia se repite, sobre todo cuando no aprendemos sus lecciones. También que lo hace primero como tragedia y después como farsa, gracias a Karl Marx.
Después de contemplar, en el informativo del mediodía, el final del juicio a la cúpula del procés en el Tribunal Supremo, lo he podido confirmar viendo, en el ABC del 28 de mayo de 1935, a los consellers de la Generalitat sentados en el banquillo del Tribunal de Garantías Constitucionales en un juicio por rebelión.
Estos
días nos hemos asomado a la ventana de Antonio Vega para volver a ver a la
chica de ayer, porque ha hecho diez años que dejó este valle de lágrimas.
Aunque
la canción forma parte de la banda sonora de una época, al cabo de cuatro
largas décadas todavía sigue oyéndose. Sus acordes comenzaron a brotar en la
playa de la Malvarrosa una tarde de verano de 1977, cuando Antonio Vega estaba
haciendo la mili en Valencia. Era su primera canción y ni en sueños hubiera
podido imaginar que el paso de los años la convertiría en un himno generacional. Pero… quién era aquella joven de cabellos dorados que
jugaba con las flores de su jardín. Quién era la chica de ayer.
Si
hay algo que no me gusta, o que me disgusta, de la política, son los políticos
corruptos y los que toman a la gente por tonta de remate.
Conocidos
los resultados de las elecciones generales, casi todos los análisis que se han
hecho se han realizado a partir de los escaños obtenidos por las distintas
formaciones políticas, dando como resultado un descalabro considerable de la
derecha al sumar 147, muy por debajo de los 186 que consiguió el PP hace sólo
ocho años y de los 169 que ocuparon en el Congreso PP y Cs hace casi tres. Pero
el más riguroso es el que contempla el respaldo popular real que han obtenido
en las urnas.
La
derecha española se ha presentado dividida en tres formaciones políticas y,
efectivamente, la fragmentación penaliza. Pero si observamos el apoyo, en
votos, conseguido en su conjunto, la dimensión de ese descalabro es distinta y
podemos ponerla más en relación con que, en un momento de máxima excitación y
polarización política, no han conseguido superar ni los resultados de las
anteriores elecciones, dividida en dos, ni los de hace ocho años cuando lo hizo
sin divisiones, como se puede observar en el gráfico que abre esta entrada. Si
no descalabrada, sí se puede decir que está en fase menguante.
El
PP, como formación global de la derecha, obtuvo un respaldo de casi el 45% de
los electores en 2011; dividida en dos, alcanzó el 46% en 2016; y en tres, no
ha llegado al 43%. El recurso al insulto, la hipérbole, la sobreactuación y la
mentira grosera no ha colado y también penaliza.
Atentos
al análisis que sobre este declive harían los protagonistas, hemos visto que
Aznar, súbitamente desaparecido de la escena política, se ha asomado a la
palestra para reprender a esos electores que, víctimas de “una ignorancia
temeraria”, votan a cualquiera, sobre todo a quien no deben. Pero no sólo se
han llevado la bronca los antiguos votantes del PP que han votado mal. Algunos
analistas de su entorno han afeado la conducta de aquellos que, antes
desmotivados, han acudido a la llamada de las urnas para votar al PSOE, porque
Pedro Sánchez les ha metido el miedo en el cuerpo y como la gente es asustadiza
y vota irreflexivamente, pasa lo que pasa.
Seguramente,
habrán hecho un análisis más serio y riguroso que todo esto. No se explicaría
de otro modo la súbita fiebre centrista y la drástica moderación en las formas.
Pero, quizá, la lección más importante que deberían haber aprendido de este
resultado es que la gente no es tonta.
Sí,
algo huele a podrido en España, remedo de la célebre sentencia hamletiana,
aunque, como es sabido, Shakespeare localizaba el olor en Dinamarca.
Recientemente
ha sido recuperada para hacer referencia al éxito del partido de extrema
derecha Dansk Folkeparti, el nacionalista, populista, xenófobo y euroescéptico
Partido Popular Danés, convertido en la segunda fuerza política y primera de la
derecha del país nórdico.
Los
estudiosos del ascenso de la extrema derecha en Europa y en el mundo han
explicado la ausencia en España de una organización de esta tendencia política
argumentando que tras cuarenta años de dictadura España estaba vacunada. Pero,
como hemos visto, estaban equivocados. La ultraderecha, lo que se dio en llamar
el franquismo sociológico, estaba oculto, agazapado, dentro del Partido Popular.
Por
fin ha decidido emanciparse y mejor así, porque es preferible saber a qué
jugamos, con quién jugamos y qué nos jugamos; porque hasta ahora ha servido
para engordar artificialmente al Partido Popular y porque el olor a rancio ha sacado
del sopor a unos cuantos.
Luis Garicano, candidato de Ciudadanos al Parlamento Europeo, se preguntaba si España quería ser Dinamarca o Venezuela y la respuesta se la han dado los electores. Fragmentación parlamentaria, bloques ideológicos heterogéneos, socialdemócratas como primer partido y la extrema derecha en el Parlamento. Ya nos parecemos más a Dinamarca, aunque sólo sea en eso, porque algo huele a podrido en España.
Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llama revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda. Así describía Victor Hugo cómo un incendio devoraba la catedral en Notre-Dame de Paris.
Las imágenes que hemos visto hace quince días, de la catedral en llamas, han sido desde luego impactantes, pero cualquier polémica relacionada con el incendio se ha visto superada por la ola de generosidad que se ha levantado para su reconstrucción. Sin embargo, la lluvia de donaciones multimillonarias de las familias y empresas más poderosas ha provocado una controversia importante sobre las prioridades de los recursos y la falta de esa generosidad con otras causas nobles.
Hace
unos días, por ejemplo, leía un tweet
de una mujer que, sorprendida por tal despliegue, se lamentaba de no ver una
reacción semejante contra el hambre en el mundo. ¡Ay, ama!
– Pero… dónde si no iban a rezar por los hambrientos–, fue mi reacción inmediata.
Volviendo
a la obra del escritor incansable que fatigaba las plumas y vaciaba los tinteros,
el ensayista Ollivier Pourriol ha lanzado el siguiente mensaje en las redes
sociales: “Victor Hugo da las gracias a los generosos donantes dispuestos a
salvar Notre-Dame de París y les
propone hacer lo mismo con Los miserables”.
El
partido de octavos de la Champions que han jugado el Real Madrid y el Ajax nos
ha brindado la oportunidad de recordar a un carismático jugador del equipo
holandés.
Su
historia nos lleva a Hooghalen, una ciudad del norte de Holanda, cerca de la
frontera con Alemania, donde estaba instalado el campo de tránsito de
Westerbork, desde el que fueron deportadas miles de personas en trenes que
partían hacia los campos de concentración de Auschwitz, Sobibor, Theresienstadt
y Bergen-Belsen.
Hace
unos días hemos lamentado los ochenta años de la muerte del genial poeta. Un
miércoles de ceniza, allá, en Colliure, en una humilde cama del hotel que
entonces se llamaba Bougnol-Quintana, el 22 de febrero de 1939, en el que había
encontrado refugio huyendo de la guerra.
El
peregrinaje de tanto oportunista y chaquetero para rendirle homenaje, me ha recordado
una de esas historias didácticas que se cuentan en sus estrechas y empedradas
calles.
Al
parecer, los clientes del hotel estaban muy intrigados porque no veían comer
juntos a los hermanos Machado, y algunos atribuían esa rareza a una inquina
provocada por las amarguras del exilio; hasta que un día descubrieron la
verdad: los hermanos no tenían más que un traje y se lo turnaban para bajar al
comedor.
Hay personas que no pierden la dignidad ni en la peor de las derrotas.
La
chaqueta de Antonio Machado era la de un hombre “en el buen sentido de la
palabra, bueno”, ciudadano ejemplar, republicano hasta la médula, íntegro, fiel
a sus ideales y con una dignidad a prueba de bombas, que murió sólo tres
semanas después de pisar suelo francés, tal como había imaginado cuando
encadenó los versos que se pueden leer en la lápida de su tumba:
Y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.
Yo soy yo y mi circunstancia, decía Ortega y Gasset, y cuanta razón tenía. Cuando el filósofo acuñó esta frase en su libro Meditaciones del Quijote, añadió: “… y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. En este trance se debaten los dirigentes de VOX Santiago Abascal, presidente del partido, y Javier Ortega Smith, su secretario general.
Como
un Gary Cooper, solo ante el peligro, Abascal todavía camina armado con una
Smith & Wesson y, en tierras andaluzas, ha anunciado el comienzo de la
Reconquista con un vídeo en el que aparece cabalgando, como un caudillo, con
gesto aguerrido, comandando una partida de jinetes en formación, como se
presentaba Gerónimo, el mítico guerrero apache chiricahua, ante el ejército de
Estados Unidos, aunque esta vez con la banda sonora de El Señor de los Anillos, dispuesto a limpiar la Tierra Media de las
hordas de uruk-hai.