Fuego amigo

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¡Más madera, esto es la guerra!, debieron pensar al ver que el misil impactaba en el objetivo, después de pulsar el botón. Misión cumplida. El chat del grupo que había coordinado la operación era un clamor.

Los informes de inteligencia habían llevado a las fuerzas estadounidenses a buscar un Toyota Corolla blanco que sospechaban podía estar siendo usado por el ISIS-Khorasan, la rama local del Estado Islámico en Afganistán. Lo habían localizado y un dron Reaper MQ-9, llamado también Depredador B, seguía sus movimientos y los de su conductor por las calles de Kabul.

Esa mañana de domingo, 29 de agosto de 2021, había entrado en unas “instalaciones desconocidas”, situadas en la zona donde la Inteligencia había detectado la preparación de un atentado. Le vieron recoger un “maletín”. Más tarde, visitó una garita de seguridad de los talibanes y observaron cómo metía varios contenedores en el coche con la ayuda de otros “cómplices” a los que luego dejó en sus casas, con efusivos abrazos, antes de retirarse para perpetrar el atentado. Sí, el Toyota Corolla blanco, que a primera hora de la mañana era un “vehículo sospechoso”, después de ocho horas de seguimiento, resultaba tan sospechoso que había alcanzado el grado de objetivo. Estaba “cargado de explosivos” y tenían que pararlo antes de que fuera demasiado tarde. Cuando lo vieron aparcar en un callejón decidieron que era el mejor momento para destruirlo. Alguien pulsó el botón y… ¡bum!

La operación había culminado con éxito, desbaratando “una amenaza inminente” del ISIS-K, que pretendía hacer estallar un coche bomba en el aeropuerto de la capital afgana. “Hubo explosiones secundarias, sustanciales y poderosas, después de la destrucción del vehículo, que confirmaban que había una gran cantidad de material explosivo en el interior”, dijo el capitán Bill Urban, portavoz del Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (CENTCOM).

Pero The New York Times y los medios de prensa internacionales desplazados en Kabul para cubrir la caótica desbandada occidental, pronto empezaron a plantear serias dudas sobre la versión oficial y a hablar de muertos civiles, abriendo un espacio para la incertidumbre en la cúpula militar. Ahora eran los medios los que sospechaban que el Ejército estadounidense había seguido el coche equivocado.

Zemari Ahmadi era el conductor. Un ingeniero afgano que llevaba dieciséis años trabajando para Nutrition and Education International (NEI), una ONG estadounidense con sede en Pasadena (California), dedicada a combatir la desnutrición. Un día antes había estado ayudando a preparar y repartir comidas a mujeres y niños en los campos de refugiados de Kabul, dijo Steven Kwon, presidente de NEI. Las instalaciones “desconocidas”, eran las de la sede de la ONG en Kabul. El “maletín” que había recogido contenía un ordenador y los contenedores que había cargado en la parte trasera del vehículo eran bidones de agua que llevaba a su extensa familia.

Cuando lo vieron en aquel callejón, Zemari llegaba al patio de su casa en Khwaja Bughra, una densa barriada del noroeste de Kabul, donde vivía con su familia y las de sus tres hermanos. Sus hijos y sobrinos habían salido a recibirle, poco antes de oír el zumbido del misil Hellfire de alta precisión que atravesó el vehículo y cayó sobre ellos. Un tanque de propano que había detrás del coche aparcado provocó las “explosiones secundarias” que habían servido para confirmar el éxito de la operación.

Diez miembros de la familia Ahmadi, siete de ellos niños, morían en un instante. Malika y Sumaya tenían dos años, Aayat todavía no los había cumplido. Armin y Benyamin, dos de sus sobrinos, no pasaban de los siete, y sus hijos Farzad, Faisal y Zamir, contaban nueve, quince y diecinueve. Completaba el peligroso comando yijadista que, liderado por el propio Zemari Ahmadi, pretendía atentar con un coche bomba contra el ejército estadounidense, Ahmad Nasser, ex oficial del ejército afgano y colaborador de las tropas de EEUU, que murió a solo unos días de casarse con Samia Ahmadi. Así es como esta familia, ilusionada con los preparativos del enlace y la expectativa de una pronta evacuación a EEUU, tuvo que cambiar una boda por diez entierros.

Tres semanas después, el general Kenneth F. McKenzie, jefe del Mando Central de los Estados Unidos, reconoció que los responsables de Inteligencia que habían seguido a Zemari Ahmadi y su Toyota Corolla blanco por las calles de Kabul, durante ocho horas, habían malinterpretado sus movimientos. Todo había sido un “trágico error” y anunció que se había abierto una línea de investigación.

Este es el epílogo macabro firmado por el ejército estadounidense, horas antes de poner punto final a su presencia en Afganistán. El prólogo lo escribieron veinte años antes, el 27 de octubre de 2001, al comienzo de la operación Libertad duradera, cuando una bomba arrasó cuatro casas en la aldea de Ghanee Jil y segó la vida de Kokogul mientras cosía un traje de novia, hiriendo de gravedad a diecinueve personas. Mirza Jan recordaba una fuerte explosión. “Cuando me levanté del suelo, vi a mi mujer y a mis dos hijos cubiertos de sangre”, musitaba sin apartar los ojos de la fosa.

Entre uno y otro, hay un reguero de sangre que se puede seguir gracias a la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) y a un estudio realizado por Marc W. Herold, profesor de Desarrollo Económico en la Universidad de New Hampshire, que cifran en al menos 10.111 los muertos civiles provocados por las tropas de EEUU y la OTAN entre octubre de 2001 y junio de este año –última fecha sobre la que existen datos disponibles–, de los cuales al menos 454 eran niños, según los datos del Bureau of Investigative Journalism, con sede en Londres.

Hace unas semanas, el Pentágono comunicaba el final de su investigación interna. El ataque, efectivamente, fue un “error trágico”, pero no violó las leyes de la guerra. “La investigación no identificó ninguna violación de la ley, incluido el derecho de la guerra”, sostiene en un informe el teniente general Sami Said. “El objetivo previsto del ataque ­–el vehículo, su contenido y su ocupante– fue evaluado de buena fe, en ese momento, como una amenaza inminente para las fuerzas estadounidenses”. Esa evaluación “lamentablemente fue inexacta”, según el texto. “Los errores de la ejecución combinados con el sesgo de confirmación –definido como tendencia a sacar conclusiones acordes con lo que se cree probable­–, y los fallos de comunicación dieron como resultado lamentables bajas civiles”. Pero “no he visto ninguna falta de conducta o negligencia criminal”, concluye el investigador. El informe completo, por supuesto, está clasificado como confidencial, para proteger sus fuentes y métodos.

“En nombre de los hombres y mujeres del Departamento de Defensa, ofrezco mi más sentido pésame a los familiares supervivientes y al personal de Nutrition and Education International, el empleador del Sr. Ahmadi”, ha dicho el secretario de Defensa Lloyd J. Austin en un extenso comunicado sobre el resultado de la investigación. “Ahora sabemos que no había conexión entre el Sr. Ahmadi y el ISIS-Khorasan, que sus actividades en ese día fueron completamente inofensivas y que no estaban relacionadas en absoluto con la amenaza inminente que creíamos afrontar”. Por ello, “pedimos disculpas y nos esforzaremos por aprender de este horrible error”. Y a otra cosa mariposa.

En fin, son cosas que pasan. Fuego amigo. El portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki ha vuelto a hablar de daños colaterales, ese horrible eufemismo con el que siempre se trata de encubrir salvajadas como esta. Dicen, además, que Zemari Ahmadi y su familia eran buena gente, que no tenían enemigos, pero… con amigos así, quién necesita enemigos.

Estas cosas que pasan, no deberían quedar en el limbo de los hechos aislados que pasan casi desapercibidos. Esos ojos, que nos miran desde las fotografías que abren esta entrada, nos interpelan a todos.

Hijoputa

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Hijoputa, así, todo junto, o más concretamente hijo de puta, o sea hijo de una madre que es puta, es uno de los insultos más utilizados en lengua castellana. Por detrás de gilipollas, imbécil y cabrón, según un estudio liderado por Jon Andoni Duñabeitia, de la Universidad de Nebrija, y María del Carmen Méndez, de la de Alicante.

Aunque en tierras andaluzas se suele utilizar también de manera coloquial en un sentido positivo, como elogio informal y hasta encomiástico, la Real Academia de la Lengua dice que equivale a mala persona.

Su uso está tan normalizado, como se dice ahora, que no reparamos en la carga que contiene. Hay cientos de maneras de describir a un individuo de tal calaña o para desahogarse ante alguien a quien se quiere recriminar algo, pero esta es la que menos me gusta de todas ellas por varias razones.

1. Porque casi nunca es cierto que la madre del individuo en cuestión sea puta.

2. Porque desvía la responsabilidad, incluso la atención, del individuo hacia su progenitora. Es decir, se le pega la patada, en el culo de la madre, que carga con las fechorías de su hijo.

3. Porque me resulta hasta machista. El problema no es lo que el hijo sea o deje de ser, haya hecho o dejado de hacer, sino que su madre es puta. O sea, que importa más la circunstancia de la madre, que lo que al hijo le hace acreedor de ser una mala persona.

Hay quien va más allá e incluye al padre. Como dice el académico mexicano Guillermo Sheridan, es “un insulto a varias bandas”: “Se insulta al adversario por ser hijo de puta, pero, por metonimia, se insulta a la madre [por puta] y al padre [por permitir ser puta a su madre]”.

En fin, que es una palabrota, cuyo uso se debería evitar. Y si no podemos contenernos, porque los méritos contraídos por la mala persona son considerables, cabrón, por ejemplo, que la Real Academia define como persona que hace malas pasadas, es más directa y deja a salvo la dignidad de la madre.

He utilizado el masculino, pero, por supuesto, lo dicho vale igual para hija de puta. La condición de mala persona no es exclusiva de ningún género.

Quico Pi de la Serra compuso una canción que tituló Si los hijos de puta volaran nunca veríamos el sol, pero, aunque ha llovido sin parar durante los últimos veintiún días y veintiuna noches, hoy tenemos un cielo azul espléndido. Con esto no quiero decir que no haya tantas malas personas como veía el bueno de Quico, solo que los hijos de puta no son tantos.

Las vacas no dan leche

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En la presentación de su libro ‘Piensa, es gratis’, Joaquín Lorente se muestra como un apasionado de su trabajo, de la vida y de los más jóvenes, a los que augura un futuro mejor que el actual, eso sí, si son capaces de mantener unos valores más propios del pasado, como son la cultura del esfuerzo, el trabajo y la tensión cerebral constante. “La gente joven no reconstruirá la sociedad, la construirá distinta”, asegura el publicista.

Ese condicional: si son capaces; esos valores: la cultura del esfuerzo; y esa consideración: como más propios del pasado, me han tocado, porque este es un tema que me preocupa desde hace tiempo: la cultura del esfuerzo, que cada vez echo más de menos en mucha gente, también entre muchos jóvenes y adolescentes, y no solo en asuntos de trabajo.

En estas, he recibido por Facebook una parábola que me parece muy sugerente.

Un padre les decía a sus hijos que cuando cumplieran doce años les contaría el secreto de la vida. Cuando el mayor los cumplió, le preguntó a su padre, con ansiedad, cuál era ese secreto. El padre le dijo que se lo iba a contar, pero que no debía revelárselo a sus hermanos. El secreto de la vida es el siguiente: las vacas no dan leche. ¿Qué dices?, preguntó el chico sorprendido. Como lo oyes, las vacas no dan leche, hay que ordeñarlas, continuó el padre. Hay que levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, ir al campo, caminar por la dehesa llena de estiércol, amarrar la cola y entorpecer las patas de la vaca, sentarse en el taburete, colocar el cubo y hacer el trabajo uno mismo. Este es el secreto de la vida, la vaca no da leche. O la ordeñas, o no tendrás leche.

Pues eso, que no se puede esperar a que a uno le vengan a buscar, a que el gobierno provea y solucione. Que hay que dar el callo. Que hay que esforzarse para conseguir las cosas… Que hay que ser proactivo…

Que las vacas no dan leche. Que hay que ordeñarlas.

¿Dos Españas?, o tres

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Pues depende. 🎶 ¿De qué depende? 🎶, se preguntaba Pau Donés, y se respondía 🎶 de según como se mire, todo depende 🎶.

Hace mucho, mucho tiempo… más de un año… sí, porque, al ritmo que vivimos, un año es mucho tiempo, una barbaridad, publiqué un artículo en el que mostraba, a partir de los resultados electorales, la vigencia de las dos Españas de Machado desde la Transición. Pero hete aquí que, poniendo orden en el camarote, he rescatado un estudio del CIS sobre uno de los últimos procesos, el de abril de 2019, que observa los resultados desde una perspectiva diferente.

El estudio segrega los datos según la edad de los votantes y viene a decirnos que, con ese criterio, no hay dos Españas, sino tres: una España joven, que incluye a todos los que están entre los 18 y los 34 años; una España adulta, entre los 35 y los 64; y la España de los mayores, que ya han alcanzado los 65 años. Y si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, nos ofrece tres mapas que valen más que tres mil.

Si solo votara la España joven, Podemos y sus confluencias ganarían claramente las elecciones con 117 diputados (30,7%). El segundo partido sería Ciudadanos, con 94 (24,7%); el tercero el PSOE, con 67 (17,0%) y el PP quedaría en cuarta posición, con 51 (13,5%).

Con el voto de la España adulta como única referencia, Ciudadanos estaría en cabeza con 103 diputados (27,9%). El PSOE se situaría en segunda posición, con 85 (21,8%); en tercera Podemos, con 73 (20,8%) y el PP volvería a quedar en cuarta posición, con 67 (17,6%).

Pero si solo votaran los mayores de 65 años, ganaría el PP con 146 diputados (34,9%). El PSOE sería segundo, con 123 (31,3%); Ciudadanos se situaría en tercera posición, con 47 (16,3%) y en cuarta Podemos, con 11 (7,6%).

Así resulta que el componente generacional explica el voto en España con más contundencia que la posición ideológica. Sitúa a Podemos y al Partido Popular en cohortes extremas. Los morados son los más votados entre los menores de 35 años y los cuartos entre los mayores de 65. Los azules, por el contrario, son los más votados entre los mayores de 65 y los cuartos entre los menores de 35.

Cómo no acordarnos de Winston Churchill cuando decía, más o menos, aquello de que el que no es de izquierda a los veinte años no tiene corazón, pero el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro. Como si no fuera posible poner en estos menesteres el corazón y la cabeza a un tiempo.

Así que como venía a decir Pau Donés, todo depende del color del cristal con el que se mire, y atendiendo a la edad de los votantes no hay dos Españas, sino tres.

Pero en estos tiempos líquidos, que decía Bauman, parece que pocas cosas son sostenibles. Han pasado dos años de aquellas elecciones. Mucho, mucho tiempo, una barbaridad. Tanto que los líderes del cambio, Albert Rivera y Pablo Iglesias, ya están criando malvas políticas. Los morados tratan de reinventarse para salir del agujero y los naranjas vagan por la política en modo supervivencia.

Lo más curioso de todo es que, para ver quien consigue una mayoría suficiente para gobernar y superar el fraccionamiento, incluso para sacar adelante cualquier ley o iniciativa, seguimos contando por bloques.

¡Cosas de Yolanda Díaz!

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He de decir que mi relación con el marxismo es más cosa de Groucho que de Karl, pero aun a riesgo de parecer un peligroso comunista, chavista y bolivariano, hoy me atrevo a criticar al liberal José María Ruiz Soroa, por un artículo que acabo de leer en El Diario Vasco, titulado De la dictadura del proletariado a la democracia genuina.

Cierto es que su liberalismo militante suele alimentar reflexiones interesantes, pero a veces le puede la inquina y se deja llevar, como en esta ocasión, cuando comenta algunos pasajes extraídos del prólogo que la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, ha escrito para una nueva edición de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En uno de esos párrafos, que critica el autor, Yolanda Díaz sostiene: «El poder transformador del ‘Manifiesto’ nos habla de utopías encriptadas en nuestro presente que no son un dogma estático, imperturbable, monocolor, anclado en su propia razón, sino una clave interpretativa tan borrosa como exacta que nos permite pulir y retocar una y otra vez nuestra visión del mundo y de las cosas».

¡Ahí queda eso!, dice Ruiz Soroa. Y añade: Lo mismo podría escribirse del Evangelio. Pues claro, señor mío. Leer hoy determinados versículos del Levítico, no en clave interpretativa, sino como dogma estático, puede llevarnos a hacer interpretaciones al menos comprometidas.

Continúa afirmando que lo primero que llama la atención en este prefacio –a él claro–, es su silencio estruendoso sobre una afirmación de Marx y Engels en el mismo ‘Manifiesto’: la de que «el gobierno de los estados modernos no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Pongan «capitalismo» en el lugar de «burguesía» e intenten explicar cómo puede ser que el gobierno de un sistema capitalista liberal esté vicepresidido por una comunista

Ruiz Soroa no se explica cómo es posible, porque no quiere. Evita poner en su contexto lo que se escribió hace casi doscientos años, pretendiendo que hagamos en el siglo XXI una lectura literal, estática, sin tener en cuenta lo que ocurría en aquellos estados «modernos».

Cuando la Liga de los Comunistas encargó a Marx la redacción de su manifiesto, las asociaciones obreras eran ilegales en numerosos países y los trabajadores no podían votar; es decir, no había forma de que pudieran ver representados sus intereses en un gobierno al que solo llegaban quienes tenían «posibles». Los trabajadores de hoy pueden votar en elecciones libres y tener representación en el parlamento, incluso en el Ejecutivo. La evolución posterior ha hecho que el citado párrafo quedara obsoleto. No tiene, por lo tanto, ningún sentido extraer aquello que se escribió en 1848, para describir lo que ocurría entonces, hacer comparaciones con lo que sucede en 2021, como si nada hubiera cambiado, y luego pedirnos que intentemos explicarlo.

Es precisamente por eso por lo que Yolanda Díaz dice que el Manifiesto debe leerse en clave interpretativa y no como un dogma estático. Parece mentira que Ruiz Soroa intente tender al lector una trampa tan burda. Debe ser que el inexorable paso del tiempo le está desgastando las meninges. No todo vale.

Ellos vinieron

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Cuando vinieron por los inmigrantes,
guardé silencio,
porque no era inmigrante.

Cuando atacaron a las mujeres,
guardé silencio,
porque yo no era mujer.

Cuando vinieron a buscar a los homosexuales,
no protesté,
porque yo no era homosexual.

Cuando vinieron a llevarse a los exhumadores de fosas comunes,
a los activistas contra el cambio climático,
cuando amenazaron con ilegalizar a los republicanos
y a los nacionalistas periféricos,
cuando vinieron a por los “progres”
tampoco protesté,
porque no era consciente del peligro que acechaba.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

*****

Pido perdón a Martin Niemöller por mi atrevimiento al versionar tan bello poema, pero estoy seguro de que, si viviera entre nosotros, entendería que es por una buena causa. La suya fue denunciar la presión de los nazis y la apatía del pueblo alemán.

Arrestado en 1937 por orden de Hitler, permaneció en el campo de concentración de Dachau hasta abril de 1945, cuando fue liberado por los estadounidenses.

En la foto, Martin Miemöller, autor del poema original, tantas veces atribuido a Bertolt Brecht.

Nunca fue fácil ser mujer en Afganistán

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No está el horno para bollos en Afganistán. Mucho menos para las mujeres, o para muchas de ellas. Hoy es la interpretación talibán de la Sharía la que les trae por la calle de la amargura, pero hasta cuando el viento llegó a soplar del lado contrario les tocó ser protagonistas.

Esta mañana he leído una breve reseña publicada en la prensa de hace más de un siglo sobre el impulso modernizador o “europeizador” del emir de Afganistán de aquel tiempo, que me ha llamado la atención, siendo éste un tema de máxima actualidad, en la que se dice lo siguiente:

El Afghanistan quiere europerizarse poco á poco, y empieza su emir por divorciarse de casi todas sus mujeres.

Sólo son cuatro las favorecidas, á quienes el emir conserva en su palacio.

A las que repudia las tiene, sin embargo, algunas consideraciones, pues les permite que se vuelvan á casar á su antojo, y aún se compromete á pasar una pensión á todas aquellas que no logren encontrar marido.

El emir quiere hacer ley de su capricho y ha publicado una proclama ordenando que todos los súbditos del Afghanistan sigan su ejemplo y conserven únicamente cuatro mujeres, divorciándose de las demás.

Los que no se avengan á esto sufrirán los más severos castigos.

El redactor de La Voz de Guipúzcoa finaliza su crónica, aquel 12 de marzo de 1903, haciendo un comentario que hoy no pasaría la censura:

Hay que estar preparados para la importación de “afghanistanesas” que se avecina; porque, en vista de esas disposiciones del Emir, deben quedar una porción de ellas en estado de merecer, y á falta de colocación en el Afganistan, se repartirán por el resto del planeta.

Por lo que parece, de una u otra mera, ya sean tiempos fundamentalistas o de modernización, las mujeres en Afganistán siempre están en el candelero.

Parábola gorda

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De vez en cuando la Historia nos muestra páginas tan vivas que parecen columnas de actualidad. Una de ellas nos la ofrece El Mentirón, semanario satírico, literario e ilustrado alavés que vio la luz en Vitoria, en la primavera de 1868. Su artífice, director, redactor y dibujante, fue el republicano Ricardo Becerro de Bengoa, que escribía bajo el seudónimo de Recadero Bay.

Recurriendo a la parábola y al tono jocoso e irónico, para hacer más accesible su mensaje político, el ejemplar del 18 de octubre de 1868 planteaba asuntos tan actuales como la diversidad territorial en España y el debate monarquía-república, abogando por una república federal.

Becerro de Bengoa, insertó en aquel dominical una Parábola gorda sobre una madre, “doña pobre España”, y sus hijos: Castilla, que era “honradote, garbancero y acostumbrado a muy pocas libertades”; Andalucero, “más alegre que unas castañuelas, fantástico, un tanto perezoso y playero”; Catalán, “listo, bravo, emprendedor y libre”; y Vasco, “libre como los pájaros, poco hablador, tan pobre como juicioso y tan amante de su buena madre como el que más”. La madre se casó con un “desgarravísperas alemán que andaba por la calle” –en alusión a la dinastía Habsburgo–, quien se propuso acabar con la diversidad de costumbres y libertad que gozaban los hijos “vistiéndolos a todos con igual traje y de igual medida”. Lo mismo hizo el segundo marido de la madre, “un gabacho” –la dinastía Borbón–, al que un buen día los hijos, que “estaban en Cádiz echando un párrafo, de un puntapié lo lanzaron gabacho hasta Pau”.

Lamentándose la madre de los enredos de sus hijos, le comentó una vecina llamada “Doña República Federativa”: “Mire V., si otra vez se casa V. con otro franchute o con otro alemán o con un portugués o con el mismo duque de Edimburgo que fuera, está V. expuesta a tener otro nuevo dolor de cabeza: más vale que viva V. en paz con sus rentas y que a estos chicos les deje V. crecer según sus naturales aspiraciones y que se desenvuelvan cada uno según su genio; porque no hay cosa peor que imponerles a todos que son tan diferentes una misma cadena; haga V. lo que le digo y de seguro que le irá bien”.

La Historia no se repite, pero rima dijo Mark Twain. Si es así, esta podría ser una estrofa más de ese poema épico que es España.

El Mentirón: hojas para un álbum vitoriano. Artículos literarios de costumbres alavesas
Semanario dominical
Redactor y dibujante: Ricardo Becerro de Bengoa (Recadero Bay)
Vitoria (junio de 1868-abril de 1869)
De su carácter popular ofrecía buen testimonio el propio título de la publicación, que tomaba el nombre de una plaza próxima a la iglesia de San Miguel donde se reunían los vitorianos para charlar, además, como se puede ver en la cabecera, proclamaba ser el periódico ilustrado más barato del mundo.

Ricardo Becerro de Bengoa (1845-1902), profesor, escritor, dibujante y periodista vitoriano, fue un hombre de gran relevancia en el mundo cultural vasquista, fundador, junto con Sotero Manteli, del Centro Literario Vascongado y colaborador de la revista Euskal-Erria. Fue cronista honorario de Vitoria desde 1884 y escribió varias obras de historia y arte alaveses. A su actividad literaria y periodística sumó la política; firmó el Pacto de Eibar en 1869, desempeñó el cargo de diputado republicano a Cortes por Álava en 1886, 1891, 1893 y 1898 y fue nombrado senador del reino en 1901, justo un año antes de su muerte.

Ya no sé si soy de aquí, o si soy de allí

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Se me quedó la oreja cuadrada cuando poco después de hacer una propuesta a la dirección de mi empresa, me respondieron diciendo que ya habían dado al personal implicado un briefing. Bueno, pues de un tiempo a estar parte, me está pasando lo mismo con el ojo y no me gusta un pelo lo que veo. La lengua de Shakespeare se va colando en nuestro día a día sin darnos cuenta, de una manera sorprendente y abusiva. Como vamos a ver, se trata de una invasión cultural en toda regla.

Los anglicismos siempre han sido acogidos con naturalidad. Palabras como líder, récord, hobby, esnob, rol, comfort, mitin, sándwich, dandi, cóctel, striptease y tantos otros, se fueron incorporando con normalidad a nuestro diccionario. Como el mismísimo fútbol (football), uno de los primeros en llegar y que tanto juego ha dado y sigue dando, incluso a quienes nunca han sido aficionados. Quién no sabe lo que es estar en órsay, casarse de penalti o meterle un gol a alguien, o desconoce su corolario inevitable de derbis, hooligans y demás. Muy pocos, como el Real Betis Balompié, fueron capaces de resistir la embestida. Ahora le toca al baloncesto, que está siendo desplazado por el basket: Valencia Basket, Gipuzkoa Basket, el Basket Zaragoza y el equipo de los men in black, los chicos del Bilbao Basket, son botones de muestra.

Pero, como digo, vasta sólo con poner el ojo y la oreja en nuestra realidad cotidiana para quedar flipados (de to flip) con lo que podemos ver y oír. Sobre todo, si tenemos en cuenta que sólo el 27,7% de nuestros conciudadanos sabe inglés, si hemos de hacer caso al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), y ya me parece mucho.

Paseando por el centro, veo rótulos y letreros que anuncian: Professional hair & beauty, Home Decor; Love & Paradise; Low-Cost Fashion; More Ways To Shop; Welcome Back, Sketch concept, It Market. Hasta el 70%, Outlet en el interior, y un autocar de Iparbus que presume de luxury class. En la puerta del wc (water closet) del parking, alguien ha escrito Lamb of God. El mercado acoge un brunch solidario, hay Rock party en el barrio de El Antiguo y la cerveza artesana local se promociona en el Palacio de Miramar como Craft Beer. En Lo Viejo, se abre un speakeasy; el restaurante La Mafia cierra con un Sorry, we’re closed; y los veganos organizan en Ficoba la feria Be Veggie. Podemos disfrutar del Sakona Coffe Roasters a orillas del Urumea y comprar pan en The Loaf Bakery Donostia, en la Zurri, o en M&M bakery lovers, en la calle Urbieta. El coche de adelante lleva en la luna trasera una pegatina que advierte: ¡Baby on board!

Cambiamos noticias falsas por fake news, acontecimientos por eventos (de to event) o directores generales por CEOs (Chief Executive Officer). La semana de la moda es la Fashion week y hasta la pastelería Otaegui ha sustituido la tradicional tarta de queso por el cheesecake. Clasificados como millennials o baby boomers, nos hacemos selfies, buscamos productos low cost y si los encontramos con label de calidad, miel sobre hojuelas. El footing ha dejado paso al running. Hay que estar al día. Los más osados disfrutan con el puenting y algunos, solo algunos, prefieren el balconing. El doping se sube a la mountain bike. Fitness, mindfulness o mindful fitness, he ahí el dilema; y ¿para leer?, ¿mejor tablet o ebook? El PAÍS ofrece podcasts imprescindibles y El Diario Vasco newsletters personalizadas que no encontraremos en el top ten de los best sellers.

El frigorífico que sea no frost y el desodorante roll-on. Los auriculares, wireless y mejor con bluetooth. Un short y un jersey. Un slip y unos jeans. Si hay en stock. A los hipsters les va el estilo vintage. Es lo más in. Yo prefiero el casual. Una top model con un piercing en el ombligo hace topless, mientras el rey desata la polémica con un pin en la solapa. No hay feeling. Un fan de Sabina hace playback; hasta que ha asomado la cabeza por Abu Dabi, el rey emérito ha estado missing; el inefable alcalde de Madrid, Martínez-Almeida, es víctima de un provincianismo kitsch; la ministra Calviño insiste en el pressing a Ciudadanos; y la Guardia Civil ha utilizado un off the record de Irene Montero.

Las jugadoras de sófbol del Atlético San Sebastián son las Go Blues. El bádminton guipuzcoano está de enhorabuena, nace Donosti Shuttle con el firme objetivo de subir a Primera División. Los aficionados a la marcha nórdica se han agrupado en la Asociación Nordic Walking Donostia. El colectivo de mujeres que denuncia la violencia machista en la Plaza de Gipuzkoa se hace llamar Women in black. EmakuMeeting es la asociación de mujeres emprendedoras de Euskadi. La prensa dice que cada vez hay más establecimientos Dog Friendly y que si eres de la comarca y vendes producto propio, puedes participar en la feria Made in Urola. Además, Oh My Walk! nos ofrece recorridos temáticos con el objetivo de mostrar Donostia con otros ojos y despertar la curiosidad por lugares por los que pasamos todos los días.

En la prensa deportiva leo que en Barcelona añoran las tardes de gloria del dream team; que Cristiano Ronaldo y Florentino se han abrazado en un backstage; que el Cholo Simeone es un box to box, y se gana pronto el respeto; que el confinamiento ha servido a Borja Iglesias para resetear; que hay overbooking en la plantilla del Levante y playoffs hasta en las regatas de traineras; que el stage del Villarreal se retrasó y que Blanca Romero se ha incorporado al staff técnico de la selección. Todos sorprendidos por el hat-trick de Joaquín.

¿Te has bajado la app? El asunto sigue en standby. ¿Has hecho un backup? Tendremos que resetear (de to reset). ¿Te acuerdas del password? Mándamelo por email. Ojo con el spam. ¡No hay manera de moverse por Internet sin aceptar cookies constantemente! ¿Tenemos que loguearnos? (de log in). Con un click en el link será suficiente. ¿Merece la pena rootear el smartphone? El like es la unidad mínima de expresión y el steacker una alternativa. Un chat. Un desparrame de memes y stories. Con una buena gestión de hashtags puedes ser trending topic y millones de followers ven con preocupación cómo los hackers comprometen el rol de los influencers. ¿No les podemos banear?

Todo, o casi todo, puede hacerse online. El examen, tipo test. ¿Necesitas un coach? Muchos ya lo tienen. Los jóvenes salen en plan random y muchos disfrutan intentando salir airosos de un escape room. El coliving es la solución. ¡Qué heavy! Un barman, un pub con un agradable chillout de fondo, un buen deejay (dj) pinchando covers relajantes. Una propuesta slow, porque el stress nos mata. El acoso se reparte entre el mobbing y el bullying. ¿Y para comer?… ¿un burger? Si me das a elegir… prefiero un grill. Stop a las comidas que no sean lights. Para un rider, cada minuto cuenta. Los partidarios del batch cooking recomiendan usar túpers de cristal.

Hay quienes se empeñan en montar el show, otros en darnos el mitin poniendo cara de póker. Y nos dejan k.o. (de knock-out). Hay que cambiar el chip. Alonso es un killer, Nadal un crack y la señorita Riqui un poco friki (de freaky). Nada es capaz de detener el show de Trump, un outsider en el sprint final de su mandato. Todo un bluf. El premio consiste en un kit de depilación, un pack de experiencias válido para una noche de hotel o una master class en el Basque Culinary Center. Más de uno lo prefiere en cash. Fulanito se ha hecho un bypass para driblar a la parca (de to dribble) y menganita un lifting. ¡Hay que cambiar el look! Ante un póster del Che, algunos aseguran que hay un revival del comunismo. Otros dicen que el mundo está al borde del blackout. La democracia es un auténtico work in progress.

Master chef celebrities, Idol kids, Sábado deluxe, First dates, Vaya crack, Flash moda. El Late Motiv de Andreu Buenafuente es el late night español. En la Sexta, Al rojo vivo hace periodismo on fire. Antena 3 ha estrenado Mask Singer, con “el mejor casting”, y la 1, Typical spanish. La audiencia reclama más realities y talents. Todos preocupados por liderar el prime time y el share. Y nosotros haciendo zapping. ¿Un sketch o un spot? Un sketch. ¿Un remake?, ¿un biopic?, ¿un spin-off o una road movie? Estoy viendo el tráiler de un thriller. No queremos spoilers. El boom de las series es el gran enemigo de la siesta y, casi sin darnos cuenta, hemos pasado del download al streaming.

En la sección de ofertas de empleo encuentro demandas de Sales Assistant, Customer Service, Growth Hacker, Key Account Manager, Data Analyst Consultant, Business Developer Junior y un largo etcétera que quién sabe. El dinamismo emprendedor fluye entre startups y clústeres. En Europa reconocen nuestro know-how. Las empresas buscan partners y esperan un feedback positivo. Muchas han pasado del outsourcing al reshoring. Los expertos estiman que millones de dólares se mantienen off shore. Nos gusta el fair play, hasta el financiero. Sin un sponsor el crowdfunding puede ser una buena opción. Para muchos la solución es el trabajo como freelance en un coworking. La jornada es full time. El lunch, un servicio de catering ideal para reponer fuerzas. Han programado un break y un afterwork para hacer networking.

La Sociedad de Fomento del Ayuntamiento impulsa las becas Global Training y el programa #PUC, Pop Up Comerce, concebido para promover ideas innovadoras en el comercio donostiarra. El Donostia Buskers Festival pretende acercar la música de calle a la ciudadanía. La Diputación Foral organiza el Gipuzkoa Talent Forum y la Junta de Gobierno del Ayuntamiento una Talent House. En Semana Grande, han convertido la terraza del Kursaal en una Street Food y Ur Kirolak ha organizado en la bahía la Donostia/San Sebastián Bay Rowing. En octubre, hemos celebrado el Donostia WeekINN, la VII edición de la Semana de la Innovación, con actividades en los centros educativos, como el Donostia Innovation Challenge, un minecraft adaptado al espacio de la Isla Santa Clara, una gymkana y un escape room. Además, se ha ofrecido un espacio online para conocer startups locales. Pero este año no hemos podido disfrutar de la Holi Fest en Semana Grande; ni del Pop Up Chic en el Hotel Londres; ni de la Paella in live!! en La Concha; ni del Hondarribia Summer Market.

Que solo un 27,7% de la población sepa inglés no es un hándicap para los departamentos de marketing de muchas empresas: Just do it (Nike), Go Further (Ford), Connecting people (Nokia), What else? (Nespreso), I’m lovin’ it (McDonald’s), Imposible is nothing (Adidas), Passion for life (Renault), Pretty, comfortable & sexy (Women’secret), ¿cómo? ¿sexy?… Women are back (Mango), Goodbye celulitis (Nivea), The King is here (Budweiser), Life’s a journey/¿Por qué no? (Samsonite), son algunos de los cientos de eslóganes dirigidos a potenciales compradores que desconocen el idioma. Hyundai espera que este año sea menos black y más week! y El PAÍS lleva a portada, ¡completa!, la promoción de un producto de Oatly con el siguiente mensaje: It´s like milk but made for humans. Por favor, ¡disfrútala!

Pero me sorprende aún más la cantidad de gente que parece querer transmitir algo a sus conciudadanos y viste camisetas con mensajes en una lengua que la mayoría desconoce: I’m a dreamer, Maybe i like you, maybe not, Stop wishing Start doing, Future important woman, Girls are strong, All power to the people, Refugess welcome, Air needed, Why, why, why; la vicepresidenta del gobierno, Carmen Calvo, se ha paseado con una que decía Yes, i’m a feminist y la diputada Rafaela Romero con otra en la que se leía The future is female. Por qué, por qué, por qué. Cuando pregunto cómo es posible, la respuesta que obtengo es que queda más cool y ya entro en shock.

Nole elige sparring, Sánchez salva el primer match ball de los presupuestos y la muerte del Pelusa peta las redes con sus highlights. Desde que se han impuesto las restricciones a los bares, en el de abajo han puesto un cartelón en la cristalera que grita desesperadamente take away.

Más de uno, si ha llegado hasta aquí, dirá OK, boomer, que la Fundéu traduce como ‘lo que usted diga’ o, de manera más despectiva, ‘vale, viejo’, pero es para darle una vuelta. ¡O no!

Cuenta Alex Grijelmo que cuando en una ocasión vio a una mujer con una camiseta en la que se leía No hay pan para tanto chorizo, le entraron ganas de darle un abrazo, y no me extraña, porque seguramente le pasa como a mí, que ya no sé si soy de aquí, o si soy de allí.

But… don’t worry, be happy

Es la mediocridad, idiotes

Tiempo de lectura: 9 minutos

“Diríase que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan de las cualidades para su menester imprescindibles… Si esto fuera verdad, ¿cómo se explica que España, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a esos perversos elegidos?”
José Ortega y Gasset. España invertebrada (1921)

No pretendo molestar a nadie, sólo reflexionar sobre un asunto que me llama poderosamente la atención como es el de la desafección. En la Grecia clásica, los idiotes eran aquellos ciudadanos que, pudiendo participar en los asuntos de la polis, los asuntos públicos o políticos, deliberadamente se apartaban. A Pericles no le gustaban un pelo y si hoy levantara la cabeza se moriría del susto, porque en nuestras polis cada vez hay más idiotes.

El descrédito de la política se manifiesta con desdén y hasta con indignación en la conversación diaria: ¡Todos los políticos son iguales!, se repite como un mantra; ¡los mismos perros con distintos collares!; una panda de charlatanes mediocres, fanáticos, catetos y, a veces, hasta ladrones; constituidos en una élite o clase que sólo vela por sus intereses.

El penoso y lamentable espectáculo de crispación que los gestores de la vida pública, nos ofrecen a menudo en el Parlamento, enzarzados en peleas de gallinero, dedicados a aclamar o abuchear en bloque a propios y extraños, no hace sino confirmar que efectivamente no están a la altura que se espera de ellos.

Entre los muchos problemas que tiene España, dice Luis Haranburu Altuna (“La decadencia de España”. DV. 8-09-2020), “no es el menor de ellos la mediocre calidad de nuestra clase política”, y los españoles están muy de acuerdo con Haranburu. Detrás del paro, la “clase política” es el segundo problema de España, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En concreto, los políticos, los partidos y la política en general, figuran identificados como un problema en el 49,5% de las encuestas de este organismo. Es lo que los politólogos llaman desafección. Muchos ciudadanos no se sienten representados. Sólo ven en la política mediocridad, crispación y corrupción.

Pero, ¿los españoles merecen otra clase política? Y si nos preguntamos, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Probablemente encontraremos que la respuesta no entraña una gran dificultad. En realidad, se trata de un dilema felizmente resuelto desde que el físico Jorge Wagensberg demostró que primero fue el huevo, aunque no fuera de gallina. Lo realmente difícil es no ver la mediocridad en nuestro entorno, convertida ya en una marea gris que lo va inundando todo. Da igual si el ámbito es político, académico, jurídico, cultural o mediático: se mire por donde se mire se constata el triunfo de lo mediocre.

Hace tiempo que nuestra sociedad malinterpretó el principio aristotélico del término medio e hizo de la medianía, la excelencia. Hemos construido un orden en el que la media es el estándar, la referencia para casi todo. Como ha dicho José Luis Larrea (“La dictadura de la mediocridad y las ranas”. DV. 9-02-2020), “una sociedad que reclama la uniformidad, el café para todos, que ningunea la diferencia, que rechaza la singularidad”. Es la sociedad del sálvese quien pueda, que retrató José Ingenieros en “El hombre mediocre”, que desdeña lo ideal en nombre de lo inmediatamente provechoso, que habita ese espacio transversal en el que sus miembros parecen indistinguibles, que se refugia en ese lugar cómodo del espectro, que no exige pensar mucho. Es la sociedad del sándwich mixto, de la que hablan los sociólogos, de indudable pobreza gastronómica.

¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? Según Eurostat, el 43% de la población española de entre 25 y 64 años tiene un nivel educativo bajo. Es decir, casi la mitad de los adultos que viven en España tiene una formación equivalente o inferior a la primera etapa de educación secundaria. Sólo países como Portugal y Malta están peor y duplicamos la media de la UE, que en este caso no nos sirve.

En la Encuesta de Hábitos Culturales, un 35% de los españoles se atreve a reconocer que no lee nunca o casi nunca y un 12% que sólo lo hace ocasionalmente. Y muchos de los que utilizan las redes sociales, no sienten la necesidad de leer más allá de los 280 caracteres que admite un tuit. Una parte importante de la población es adicta a realities o tertulias de celebrities sin fundamento. Entre los productos más degustados de la parrilla televisiva esta, por ejemplo, Supervivientes, con algo más de cuatro millones de espectadores (4.059.000 según Statista, mayo 2020), como en su momento lo estuvo Gran Hermano, o La isla de las tentaciones, el programa más visto de la historia de Cuatro, alcanzando el 30% de cuota y más de tres millones y medio de espectadores. Si en los setenta el programa de debate era La clave, de José Luis Balbín, hoy es Sálvame tomate con 2.141.000 seguidores (El Economista, 26-10-2020) o programas similares, incluidos sus variantes naranja y limón, en los que el grito y el aspaviento son las expresiones de lo que impera argumentativamente: la pasión. Y para ello no hace falta pensar o saber.

Para ser popular hay que ser mediocre le dijo a lord Henry la duquesa de Monmouth mientras servía el té, y a fe que muchos se lo han tomado al pie de la letra. Pero tantas horas dedicadas al morbo y al chafardeo, durante tanto tiempo, han hecho un daño considerable a esta sociedad, estimulando viejos vicios como la envidia y una cierta soberbia de la ignorancia. Al final, a los mediocres no les ha hecho falta saltar mucho para superar el listón, de tan bajo que lo hemos puesto. Hoy he visto que Rossy de Palma, la más fea entre las feas, triunfa en la pasarela, convertida en la última musa de Jean Paul Gaultier.

Nos abochornan los espectáculos que se ven en el Parlamento, pero hace tiempo que la crispación se hizo carne y habitó entre nosotros. La intransigencia, el insulto y el uso de argumentos falsos e inaceptables desde cualquier punto de vista, se manifiestan en las discusiones informales generando incluso un nuevo vocabulario: covidiotas, perroflautas, machirulos, feminazis, y tantos otros términos recientes que parecen encerrar un fuerte componente creativo del odio social. Una parte importante de nuestra sociedad se ha embrutecido, hasta el punto de perder los valores básicos que mantienen el tejido social en pie, la tolerancia y el respeto.

No hay como asomarse a las redes sociales para comprobar el punto de agresividad y resentimiento que rezuman. Son un campo minado, de más emociones que reflexiones, con sapos y culebras a flor de piel. Al amparo del anonimato, se dialoga mediante zascas y gana el que logra el insulto definitivo. Un poco en la línea marcada por el devenir de los medios de comunicación en este país, sobre todo a partir de la irrupción de los medios digitales que, como ha dicho Manuel Cruz (“Profesión: sus insultos”. EL PAIS, 9-08-2020), “ha convertido en encarnizada la batalla por ocupar el más alto lugar en la jerarquía de los faltones”.

¿Hay un vínculo misterioso entre discordia y mediocridad? No lo sé. Quizás. Lo que sí parece claro es que la alianza del homo videns, del que habló Sartori, y el homo digitalis, puede estar poniendo en peligro la existencia del homo sapiens.

Nos preocupa también la corrupción en la política y no es para menos, aunque esta sociedad haya hecho de la picaresca su norma de conducta. El pago sin IVA, o en efectivo, para blanquear; el cobro en negro, sin nómina, sin factura; la contabilidad “en b”, las llamadas “chapuzas”, son algo corriente, como se dice ahora, normalizado. La economía sumergida supone en España el 24,6% del PIB, es un 65% mayor que la media de los países del entorno, aunque esta media tampoco nos sirva. En euros se traduce en un total de 91.600 millones al año que no llegan a las arcas públicas, según los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), por no hablar del fraude y la evasión fiscal por parte de las grandes fortunas y patrimonios. España es el noveno país del mundo que más defrauda según la OCDE. Como dicen los técnicos de Hacienda en el informe que he leído, “no hay que olvidar que detrás de la existencia de un determinado nivel de economía sumergida está lo que una sociedad quiere ser”.

Visto lo visto, a quién le puede extrañar que un candidato a la presidencia del gobierno recomiende lecturas de libros que no ha leído, que una senadora pregunte en la cámara a una ministra si es una mujer sumisa a un macho alfa, que los sapos y culebras habiten entre los escaños, que los zascas lleguen a la tribuna de oradores o que los chanchullos se encarnen en la figura del jefe del Estado.

En febrero de 2012, el periodista David Jiménez publicó en su blog un artículo de recomendable lectura, titulado “El triunfo de los mediocres”, que se ha hecho viral tras ser atribuido, erróneamente, a Antonio Fraguas “Forges”, en el que decía: “Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo. Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o una huelga general. Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre”.

Si volvemos a preguntarnos ahora ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?, probablemente estemos en mejores condiciones para entender que Wagensberg tenía razón, que primero fue el huevo, y a nada que perseveremos un poco más en la reflexión, llegaremos a la conclusión de que de los huevos de pato nunca salen cisnes.

Una sociedad mediocre solo puede engendrar mediocridad. Partidos y dirigentes políticos mediocres, efectivamente, pero también jueces mediocres, empresarios y financieros mediocres, sindicatos mediocres, medios de comunicación mediocres, intelectuales mediocres y creadores mediocres, que dejan su sello en una música, una literatura y un cine mediocre. Jamón y queso por doquier, en una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Así que no es de extrañar que nuestros representantes sean tan mediocres como la sociedad a la que representan y que nuestro Parlamento sea el fiel reflejo de nuestra sociedad. Lo ha dicho Giselle García Hipola, doctora en Ciencias Políticas y profesora de la Universidad de Granada: “Las instituciones son el reflejo de la sociedad en la que vivimos”, a lo que añade: “también como sociedad nos tenemos que mirar en el espejo antes de echar toda la culpa a los políticos”. En efecto, la sociedad imprime carácter y por si a alguien todavía le cabe alguna duda, podemos recordar al profesor Maravall, cuando decía: “parece claro que la moderación ideológica de la sociedad española contribuyó decisivamente a la moderación política de los principales partidos que protagonizaron la transición a la democracia”. Eran otros tiempos. Hoy, no está a la altura. Por todo ello, y a pesar de todos los pesares, me cuesta tanto entender tanta desafección. Porque estamos ante un fracaso colectivo.

Y entonces, ¿qué hacemos? ¿nos resignamos? De ninguna manera. Entender no es justificar, no exime de culpa, sino que la reparte. Solo si entendemos lo que está pasando podremos encontrar soluciones sin convertirnos en idiotes, sin optar por quedarnos al margen dejando el campo abonado para los que se mueven con soltura en los espacios de mediocridad.

La clave del problema está en la educación. Y la solución. Paradójicamente, en el barómetro del CIS del 1 de julio pasado la educación aparecía en el duodécimo lugar entre los problemas de la sociedad española, con solo el 0,2% de los encuestados situándolo en primer lugar. Otros como Amin Maalouf proponen “la adopción de una escala de valores cuyo fundamento sea la salvación por la cultura”. Ambas nos sacarán de la dieta del sándwich, pero tan cierto como que no hemos llegado a esta situación de la noche a la mañana es que nos costará salir. “El registro temporal en el que actúa beneficiosamente la cultura o la educación es el de la larga duración y no el de los resultados inmediatos”, como nos ha dicho Daniel Innerarity (“La inutilidad de la cultura”. DV. 16-08-20).

El pensador Alain Deneault también se lo ha preguntado en su libro “Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder”: “Pobre e insignificante de mí, ¿qué puedo hacer yo para cambiarlo?, y se ha respondido a sí mismo, ¡Sé radical! Radical en las convicciones claro, a pesar de todos los pesares. Sólo así podremos tener representantes de más altura. La Democracia, otro invento griego, convertida hoy en mediocracia, no es la panacea, la gallina de los huevos de oro, solo el menos malo de los sistemas para gobernarnos, como nos dijo Churchill, porque las alternativas conocidas son peores, y sin participación ciudadana no habrá democracia.

El hastío, el desánimo y la indignación están generando en mucha gente el deseo de apartarse de los asuntos de la polis, de que les dejen en paz, una actitud más peligrosa que la polarización, pero ojo porque como señaló con razón Bernard Crick en su libro “En defensa de la política”, “la persona que desea que la dejen en paz y no tener que preocuparse de la política acaba siendo el aliado inconsciente de quienes consideran que la política es un espinoso obstáculo para sus sacrosantas intenciones de no dejar nada en paz”. Es de sobra conocido el consejo que Franco le dio a Sabino Alonso Fueyo, director del diario “Arriba”, cuando éste se mostró quejoso ante su excelencia: “Usted haga como yo, no se meta en política”, le dijo.

El fomento de la apatía política y el descompromiso, como os contaré en otro momento, es una recomendación documentada desde 1975 (Comisión Trilateral, “The Crisis of Democracy. Report on the Governability of Democracies”) para combatir lo que se dio en llamar el “exceso de democracia”.

“El precio de desentenderse de la política, es ser gobernado por los peores hombres”. Lo dijo Platón, otro griego sabio, hace muchos años.

Esta mañana he pasado junto al estanque del parque Cristina Enea y he visto nuestra sociedad reflejada en el agua: mucho pato y poco cisne. Y por si alguien se ha hecho una idea equivocada, yo estaba entre los patos. Es la mediocridad, idiotes.