Suena el teléfono y no cogen. Es mala hora. Por fin.
–Sí, ¿dígame? –Buenos días, llamo para reservar una mesa –¿Para cuándo? –Para mañana, para comer –¿Cuántos serían? –Siete –Muy bien. Espere un momentito que le tomo nota –¡Ah!… A ser posible, con vistas al mar
Escarbando entre las ruinas del vasto imperio de la tontería, he encontrado este monumento, que rescato para la reflexión.
Se trata de un cuento, como mejor le parece a su autor, José de la Peña Borreguero, profesor y secretario de la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián y colaborador de la revista Euskal Herria, en la que fue publicado, allá por el siglo XIX, en pleno crepúsculo.
Una vez más me he animado a exponer mi humilde opinión en Facebook sobre un asunto de actualidad. Tontaina ha sido lo más bonito que me han llamado. Alguno, incluso, se ha atrevido a mentar a mi madre que está en los cielos. Pero… ningún argumento para rebatir el mío; solo insultos. En fin, nada sorprendente; las redes están saturadas de zoquetes. Lo he terminado dejando con un “sin comentarios”.
Aunque lo de tontaina me ha impactado, porque ha llegado precisamente cuando empezaba a escuchar esa voz interior que te dice: a veces, de bueno que eres, pareces tonto. ¿Son ellos los malos y yo el bueno? ¿son ellos los buenos y yo el malo? ¿es malo ser bueno? ¿es bueno ser malo? ¿se puede ser bueno sin ser tonto… o tontaina, o que te tomen por tal? Y, afinando un poco más, ¿es posible ser bueno en un mundo que no quiere que lo seas?
Hoy ha venido a casa el huevero y me ha dicho que ha subido el precio de la docena. ¡Viva Putin!, me ha salido… sin pensar, y el huevero, que tiene más sentido común que muchos analistas, me ha respondido: Putin… y los otros… y los que están en la sombra.
¡No sabe nada el huevero! Pero no voy a enredarme en las causas de la invasión… del desastre de la guerra, sino en la anunciada consecuencia del conflicto bélico. En este sentido, me ha llamado la atención la conclusión a la que han llegado los analistas del BBVA, que ha hecho pública su presidente Carlos Torres Villa: la guerra trae consigo “un nuevo orden mundial”. Casi nada.
Putin dice que la suya no tiene rival. Desde la lejanía, Biden acepta el reto. Macron se apunta y Johnson, escarmentado de fiestas, tampoco quiere desmerecer. Sospecho que a los “hunos” y a los otros les importa más la dimensión de sus intereses geopolíticos que la defensa de la democracia en Ucrania, su integridad territorial y el sufrimiento de su pueblo.
La Marcha sobre el Pentágono del 21 de octubre de 1967 no fue la primera, ni la última, ni la más grande de las protestas contra la guerra de Vietnam en suelo estadounidense. Sin embargo, tuvo un objetivo peculiar: impedir el esfuerzo bélico por un día; y lo hizo con un gesto que ha quedado para siempre.
Esta mañana cuando he visto la información sobre la invasión rusa de Ucrania, me he acordado de aquella joven que, con una flor en sus manos, se enfrentó aquel día de otoño a los soldados.
En plena ofensiva rusa, desde la ciudad portuaria de Henychesk, en el sur de Ucrania, nos llega un video, que se ha hecho viral, en el que una mujer de unos cincuenta años se dirige a los soldados rusos que patrullan por sus calles, recriminando su presencia.
Indignada, le pregunta a uno de ellos quien es y qué hace ahí. “Tenemos ejercicios aquí. Por favor, vete”, le responde. La mujer, en lugar de obedecer, insiste: “¿Qué tipo de ejercicios? ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? ¡Vosotros sois unos ocupantes, unos fascistas!”
Como única respuesta, solo escucha: “no agrave la situación”; pero la mujer no se da por vencida, mira a los ojos al soldado y le dice antes de irse: “Deberías poner semillas de girasol en tus bolsillos, para que crezcan flores en tierra ucraniana cuando mueras”.
Tuvieron que pasar treinta años para conocer la identidad de aquella muchacha que hizo frente, con una flor en sus manos, a las bayonetas caladas de los soldados. Se llama Jan Rose Kasmir y entonces tenía 17 años. La mujer que vemos en este video, merece también salir del anonimato.
Son solo gestos de dignidad con los que no se gana una guerra, pero que, como los sonidos del silencio, ayudan a tomar conciencia y a expresar el horror de quienes nos sentimos representados.
En su obra Moralia, el historiador Plutarco cuenta que, durante una función en el teatro de Dioniso de Atenas, un anciano buscaba un lugar donde sentarse y cómo unos embajadores espartanos fueron los únicos que se levantaron para cederle su asiento en primera fila, la reservada a los huéspedes oficiales del Estado ateniense, provocando el aplauso del auditorio. “Estos atenienses –comentó uno de los emisarios–, saben reconocer las buenas maneras, pero no cómo ponerlas en práctica”.
Además de que los atenienses eran muy suyos, podemos sacar como conclusión de la anécdota, que, de una y otra manera, tanto los espartanos, cediendo sus asientos, como los atenienses, aplaudiendo el gesto, tenían claro qué era un anciano.
Hipócrates, que ejerció durante el llamado siglo de Pericles y que hoy es considerado padre de la medicina, había hilado más fino aún, distinguiendo entre anciano y viejo. Dividió la vida humana en siete edades y en su escala vital, presbytês, que se traduce por “anciano” o “mayor”, era la sexta edad, aquella que se situaba entre los 56 y los 63 años, mientras que géron, viejo, sería la séptima y última, la de los que superaban los 63.
Dos mil quinientos años después, todo lo relacionado con la vejez es mucho más difuso. La RAE, que hace de notario del uso del lenguaje, prácticamente no diferencia viejo, ni sus variantes vejete y viejurgo, de anciano: persona de edad avanzada y de mucha edad. Son sinónimos de viejo: anciano, carcamal, vejestorio, vetusto, provecto, decrépito, caduco, obsoleto, estropeado, desgastado, deslucido y cascado; y anciano, que comparte varios con viejo, añade longevo, vejete, carroza, vejestorio y matusalén. Un totum revolutum con matices negativos que hemos adornado recurriendo a eufemismos como ciudadanos de la tercera edad y personas mayores, términos preferidos en toda la Unión Europea.
Nuevas formas de vivir y de reivindicarnos como personas han conseguido que la edad biológica se vaya separando de la cronológica, rompiendo con los estereotipos asociados a la vejez y duplicando la esperanza de vida que tenían aquellos ciudadanos de la antigua Grecia. Aunque todavía nadie ha llegado a los 969 años que vivió Matusalén, la longevidad aumenta desde 1840 a un ritmo de dos años y medio por cada década, seis horas al día, según James Vaupel, profesor en el Centro Interdisciplinario de Poblaciones de la Universidad del Sur de Dinamarca. Sin embargo, hemos convertido la vejez en un amasijo informe.
Ni siquiera hay consenso a la hora de situar el umbral de entrada en la senectud. Leo esta mañana en la prensa que la Junta de Gobierno Local aprobó ayer el nuevo expediente para la contratación de la gestión del ocio y tiempo libre para mayores de 55 años: “+55 es un programa municipal de promoción de la participación social de las personas mayores que fomenta el envejecimiento activo”. ¡55 años! Por otra parte, el Círculo de Empresarios propone retrasar la edad de jubilación hasta los 70, con un intervalo comprendido entre los 68 años como edad mínima y los 72 como máxima.
Tal vez la clave para entender esta situación nos la haya proporcionado la antropóloga Mary Catherine Bateson, recientemente fallecida, al considerar que el aumento de la longevidad no ha contribuido a extender la etapa de la vejez, sino que ha creado una nueva, que ha denominado “segunda edad adulta”.
El grupo británico Jethro Tull fue pionero en esto, mediada la década de los setenta del siglo pasado, cuando publicó su álbum conceptual titulado Too Old to Rock ‘n’ Roll, Too Young to Die! (Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir), cuya portada abre esta entrada, en el que cantaba las vicisitudes de un roquero que se veía envejecer.
En esta línea, las generaciones posteriores a la de los baby boomers ya han empezado a manejar categorías desconocidas hasta hace una década, hablando de viejóvenes, joviejos, incluso de adultescentes.
A unos días de hacer el tránsito de anciano a viejo, según la escala vital de Hipócrates, efectivamente me siento más añoso que un adulto, pero mucho menos que un viejo. ¿Demasiado joven para morir? ¿demasiado viejo para el rock and roll? ¿un viejoven? ¿un joviejo? Es una sensación que muchos podemos compartir y que otros probablemente lo harán cuando lleguen.
Desde luego, nadie se levanta para cederme su sitio. Tampoco lo aceptaría.
El hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso, dice la sabiduría popular. Sea o no, más o menos cierto, quiero poner la atención en la primera parte del refrán, en esa estrecha interacción que hemos tenido siempre y tenemos, hoy más que nunca, los seres humanos con el resto de los animales; para explicarnos; para dar rienda suelta a nuestros anhelos, enigmas, misterios y miedos; para resaltar valores, cualidades e identidades, individuales y colectivas; en nuestro afán por encontrar significado a todo lo que nos rodea y a nosotros mismos. Una relación de la que a menudo no somos conscientes y que es tan vieja como el mundo.
Desde los tiempos más remotos, la presencia humana está ligada a los animales, como muestran las pinturas realizadas en las paredes de las cavernas. Para aquellos protohumanos captar plásticamente a los animales era hacerse dueños, en cierto modo, de aquello que se deseaba y no se podía realizar. bisontes, caballos, ciervos y mamuts, convertidos en tótems, fueron símbolos de atributos y cualidades.
Las primeras civilizaciones los elevaron a la categoría de dioses. Particularmente intensa y compleja fue la relación entre el hombre y los animales en Egipto, presentes como símbolos a lo largo de todo el ciclo vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Así, el halcón, que se asocia al dios Horus, se relaciona con el cielo, la guerra y la caza; y el escarabajo, Jepri, con la divinidad del sol naciente. El toro, Hap, Apis para los griegos, con la fecundidad; el carnero representa a Amón, dios de la creación; el cocodrilo a Sobek, dios de la fertilidad y la vida, que protege el poder del faraón; la vaca señala a Hathor, diosa solar del amor y la maternidad; el león deviene signo de realeza y el chacal cierra el ciclo vital al relacionarse con Anubis, dios de las necrópolis que acompaña a los difuntos en el juicio de Osiris.
Los relatos mitológicos de los griegos dieron vida a criaturas híbridas y fantásticas. Unas de carácter benigno como Pegaso, el caballo alado de Zeus, o el unicornio. Otras de índole maligna, como el minotauro, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que da muerte a quienes se aventuran en el laberinto de Creta; los centauros, de cabeza humana y cuerpo de caballo; las esfinges, augurio de mala suerte y destrucción, representadas con rostro de mujer y cuerpo de león; gorgonas, despiadados monstruos con forma de mujer y serpientes en lugar de cabellos, y arpías, portadoras del mal, con cuerpo de águila y cabeza de mujer; sirenas y tritones, deidades que habitaban el mundo submarino, con forma de mujer y hombre hasta la cintura y cola de pez. Sin olvidar al ave fénix que, tras arder en una pira, resurge de sus cenizas, como símbolo de inmortalidad, y, por supuesto, al caballo de Troya, utilizado como máquina de guerra.
La loba Luperca, que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo, está en el origen legendario de Roma y es su símbolo por excelencia. Sin embargo, pocos la representan tan poderosamente como el águila, con sus alas extendidas, que portaban en sus estandartes las legiones romanas. Heredera de la cultura griega, fue incorporando animales de territorios conquistados, nunca antes vistos en Roma. Así la damnatio ad bestias llevó a echar a los leones a los cristianos en el Coliseo; en aquel tiempo, una secta que en las catacumbas se identificaba con el pez, por su nombre en griego, Ichthys, utilizado como acróstico de Iesous Christos Theou hYios Soter, es decir, Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.
Abundantes y diversas son las menciones a animales que aparecen en la Biblia como claves simbólicas. Desde la serpiente del Edén que, en el relato del Génesis acaba con la plácida y feliz vida de Adán y Eva en el Paraíso, a los coloridos caballos de los cuatro jinetes del Apocalipsis: la paloma, que en el episodio del diluvio universal, regresa al arca de Noé portando en su pico una ramita de olivo, en señal de paz y esperanza, al final de la catástrofe climática; el cordero de Dios, Agnus Dei; el gallo que canta tras las tres negaciones de Pedro y que en la Edad Media quedará representado en las veletas, encaramado en lo más alto de las torres de las iglesias; o la ballena de Jonás, en cuyo vientre permaneció engullido tres días y tres noches antes de ser devuelto, como símbolo de la muerte y resurrección de Jesús.
Los bestiarios medievales vuelven a recurrir a animales, tanto reales como híbridos y fantásticos, procedentes del mundo antiguo, a los que se atribuyen comportamientos, cualidades o defectos humanos, para enseñar y moralizar. El arte románico y después el gótico los llevarán de las páginas de los libros a las gárgolas, los tímpanos de las portadas y los capiteles de iglesias y claustros, convertidos en símbolos del bien y del mal. Unos eran benéficos, como la paloma, el águila, el león o el grifo. En cambio, los uróboros, anfisbenas, basiliscos y mantícoras, fueron criaturas maléficas cuya representación operaba como disuasión frente al pecado. El macho cabrío aparece asociado al diablo, portador del mal, cuya figura ocupa el centro de la ceremonia en los akelarres, en una Edad Media en la que escudos y blasones se llenan de águilas, osos, lobos y leones, para simbolizar la fuerza y el poder, y se sistematiza la antigua tradición astrológica babilonia y grecorromana del zodiaco, del griego ‘zoodiakos (kyklos’ (‘rueda de los animales’), cuyos signos los representan: Aries es el carnero; Tauro, el toro; Cáncer, el cangrejo; Leo, el león; Escorpio, el escorpión; Capricornio, el chivo; y Piscis, el pez.
La emblemática barroca vuelve a cargar de una densa simbología moralizante a los animales que se relacionan con el conocimiento hermético, los arcanos naturales, y las verdades de la religión cristiana. El animal es un signo oculto que debe ser decodificado como soporte eficaz de mensajes morales o religiosos. Así podemos verlos en pinturas como el ‘Finis Gloriae Mundi’ de Juan de Valdés Leal, en la iglesia de la Hermandad de la Caridad de Sevilla, donde los siete pecados capitales adquieren sobre la balanza del Juicio figura de animales: la soberbia es el pavo real, la envidia el murciélago, la ira el perro, la gula el cerdo, la avaricia la cabra, la lujuria el mono y la acidia el perezoso.
La fascinación del ser humano por los animales y su identificación simbólica está presente en todas las culturas del planeta, incluso en mundos tan alejados del nuestro como el lejano Oriente o el Nuevo Mundo. Desde el emperador Huang Ti doce animales marcan el calendario chino: la rata, el buey, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el cerdo. Cada uno de ellos representa un conjunto de cualidades que determinan el carácter de las personas que nacen en los años que rigen. El 1 de febrero ha dado comienzo al año del tigre. Del santuario japonés de Toshogu nos llegan los tres monos sabios Mizaru, Kikazaru, Iwazaru, que en nombre de Confucio recomiendan «no ver, no oír, no decir», un código moral y de conducta que invita a la prudencia y que, en una interpretación libre y parcial, ha derivado en nuestro ver, oír y callar. No son menos simbólicos las vacas sagradas de la India, las águilas bicéfalas rusas, el camello de las zonas desérticas o el canguro en Australia. En el otro extremo, las culturas amerindias tenían sus propios tótems y divinidades animales, desde el cóndor de los Andes al búfalo de las grandes llanuras del norte, pasando por la serpiente emplumada o Quetzalcóatl y el jaguar de las mesoamericanas.
En todas partes la paloma simboliza la paz; el león, la fuerza y el valor; el águila, la nobleza y el poder; el búho, emblema universitario, la sabiduría y el conocimiento. El avestruz está relacionado con la Justicia; el pelícano con el altruismo y el amor paternal; el pavo real con la vanidad y la soberbia de los que se pavonean. El mono ha simbolizado los principales vicios de la humanidad, la pereza y la lujuria. Reconocemos la inocencia y la mansedumbre del cordero; la astucia del zorro, la crueldad de la hiena, la cortedad del asno; la laboriosidad en la hormiga, la constancia y la prosperidad en la abeja, la cobardía en la gallina y la arrogancia en el gallo. El cuervo y la lechuza son pájaros de mal agüero; aunque el refranero dice que de él se aprovechan hasta los andares, el cerdo ha representado todo lo malo, los deseos impuros; un animal inmundo para los judíos y el islam; y la serpiente, ambivalente, es el animal maldito del Paraíso, identificado con el demonio, pero también, con la eternidad y la inmortalidad, que, enroscado en la vara de Asclepio, el dios griego que tenía el poder de sanar, figura en el escudo de la Organización Mundial de la Salud.
Desde los tiempos de Esopo, los animales han sido protagonistas de fábulas, donde aparecen dotados de cualidades humanas, en un sentido moralizante y didáctico, tales como La cigarra y la hormiga, La liebre y la tortuga, El cuervo y la zorra o la paradoja del asno de Buridán. También en cuentos infantiles, como Los tres cerditos, Bambi, el ciervo, El patito feo de Andersen, o los de Perrault, La ratita presumida y El gato con botas. Eran tiempos en los que la cigüeña traía a los niños de París y el ratoncito Pérez dejaba dinero debajo de la almohada cuando se nos caía un diente. Con esa función de transmitir valores, Walt Disney llevó a las pantallas sus animales antropomorfos tras el rugido del león de la Metro: el ratón Mickey y su eterna novia Minnie, a la que ahora le quieren cambiar la falda por pantalones; los perros Pluto y Goofy; el pato Donald y Dumbo, el elefante tímido e inocente. En el imaginario colectivo han quedado también Bugs Bunny, el conejo de la suerte; el gato Silvestre y el canario Piolín; el pato Lucas, Félix el gato y Porky, el cerdito tartamudo; el gato Tom y Jerry el ratón, el pájaro loco, el oso Yogui y el lagarto Juancho; la abeja Maya, la pantera rosa y Simba, el rey león. Y cómo olvidar otros más reales como Chita, la entrañable chimpancé de Tarzán; la perra Lassie, el cariñoso delfín Flipper; un caballo como Furia o la mula Francis.
Esta interacción constante la podemos ver también en sentido contrario, cuando atribuimos a las personas cualidades propias de algún animal. Así, José Luis Rodríguez es el puma; Tom Jones, el tigre de Gales; y Van Morrison, el león de Belfast. Un hábito muy extendido, sobre todo, en el ámbito deportivo: Bahamontes era el águila de Toledo y Fede Etxabe el potro de Gernika; Bernard Hinault, el caimán; Vincenzo Nibali, el tiburón; Paolo Salvodelli, el halcón; Phil Anderson, el canguro; y Tony Rominger, el dromedario. Kobe Bryant, fue la mamba negra, y Tiger Woods, tiene los atributos del tigre. El mundo del fútbol es una auténtica reserva en la que podemos encontrar al lobo Diarte, el conejo Saviola, el burrito Ortega y el ratón Ayala; al tigre Falcao, el toro Acuña, el piojo López y el mono Burgos; al lagarto Pizzi, el lobito Carrasco y el tiburón Puyol. Emilio Butragueño era el buitre; Gary Medel, el pitbull; Héctor Herrera, el zorro; y Diego Costa, la pantera; y así un largo etcétera.
El branding asociativo ha movido a muchas compañías a recurrir a arquetipos animales para transferir imaginarios corporativos a sus marcas. Puma da nombre a uno de los mayores fabricantes de material deportivo. Una vaca representa a Milka, el cisne a Swarovski, la paloma a Dove, el murciélago a Bacardí y así otro largo etcétera del que quizá sean más conocidos el cocodrilo de Lacoste o el conejo de Playboy. Yo recuerdo hasta los zapatos Gorila, los de la pelota verde de goma. En el mundo del motor, el león identifica a Peugeot, el caballo rampante a Ferrari y a Porsche. Jaguar es una de las marcas británicas de mayor prestigio mundial. La serpiente es emblema de Alfa Romeo, el toro de Lamborghini y, como no podía ser de otra manera, SsangYong encontró en el dragón su símbolo de fortaleza. Ahora tenemos hasta empresas unicornio.
Desde que Plauto llegó a la conclusión de que el hombre era un lobo para el hombre, la cultura popular ha perpetuado, a través de la tradición oral, la carga simbólica que los animales aportan a nuestra conversación diaria para ayudarnos a expresar y transmitir cualidades, pensamientos y sentimientos.
Todos sabemos lo que queremos decir cuando afirmamos que alguien es un lobo con piel de cordero; que de los huevos de pato nunca salen cisnes; que cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta. Que la cabra tira al monte; que no se hizo la miel para la boca del asno; que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Que por la boca muere el pez; que a perro flaco todo son pulgas; que, de noche, todos los gatos son pardos. Que más vale ser cabeza de ratón que cola de león; que los tordos alivian los apretones; que en boca cerrada no entran moscas. Que, hasta el rabo, todo es toro; que, muerto el perro, se acabó la rabia; que siempre hay quien pretende arrimar el ascua a su sardina. Que, a burro muerto, la cebada al rabo; y que, a toro pasado, todos somos Manolete.
Lo que es poner al lobo a cuidar de las ovejas, tener más vidas que un gato; coger el toro por los cuernos; sacar un conejo de la chistera. Matar dos pájaros de un tiro, hacer la cobra, pagar el pato, tener el mono o marear la perdiz. Sentirse como pez en el agua; aceptar pulpo como animal de compañía; tener pájaros en la cabeza o estar como una cabra. Ver las orejas al lobo; poner a alguien a caer de un burro o dejarle a los pies de los caballos. Tener memoria de elefante o llevarse como el perro y el gato; estar hecho un toro y no ver tres en un burro.
Discutimos si son galgos o podencos; si son los mismos perros con distintos collares; si fue antes el huevo o la gallina; si vale más pájaro en mano que ciento volando. Buscamos tres pies al gato; nos metemos en la boca del lobo. Ponemos ojos de cordero degollado; y, aunque procuramos estar siempre al loro, a veces nos dan gato por liebre y luego, claro, derramamos lágrimas de cocodrilo. Algunos van por la vida como pollos sin cabeza y se defienden como gato panza arriba. Otros son más pesados que una vaca en brazos y esconden la cabeza como el avestruz. Sabemos que aquí hay gato encerrado y que, al final, a todo cerdo le llega su San Martín.
Utilizamos también a los animales para insultar: ¡burro!, ¡cerdo!, ¡cabrón!, ¡gusano!, ¡buitre!, ¡cernícalo!, y para describir: el que iba delante era un lince, que parecía más aburrido que una ostra y no paraba de hacer el ganso; el otro, astuto como un zorro, era muy mono, pero un poco pato y más lento que el caballo del malo; y había un tercero, un poco gallito y más terco que una mula, que, además, se comportaba como un lobo solitario. Era, en fin, una noche de perros y aquello parecía una jaula de grillos, pero todos pasaban a su lado como borregos.
En fin. Son tiempos de vacas flacas, de cisnes negros, de chivos expiatorios y fondos buitre. Pero también de fuertes identidades. En Estados Unidos, el burro es el símbolo que identifica a los demócratas y el elefante a los republicanos. Allí mismo tenemos al toro de Wall Street embistiendo a los adoradores del becerro de oro. En algunas organizaciones, los aparatos se dividen en halcones y palomas y, por estos lares, los populares recurrieron a las gaviotas. La vaca representa la identidad gallega y poco a poco va sustituyendo a la cebra en los pasos de peatones de aquella tierra; el burro a la catalana y la oveja latxa a la vasca. En España, que empezó siendo tierra de conejos, es también apreciada la cabra de la Legión y hasta el conejo de la Loles, como no podía ser de otra manera; pero ninguno la representa como el toro de Osborne. Aunque… si yo tuviera que elegir, me quedaría con la vaquilla de Berlanga.
Ahora que hemos declarado a los animales “seres sintientes”, hemos de reconocer que la humanidad no se explica sin ellos. Va a tener razón el antropólogo Claude Lévi-Strauss cuando asegura que los animales, además, son buenos para pensar.
Este podría ser el título –actualizado– de un conocido cuento que hoy traigo a esta página para recordar su moraleja. Fue escrito hace casi setecientos años por el Infante don Juan Manuel (1282-1348), nieto del rey Fernando III de Castilla. Incluido en su obra Libro de los exemplos del Conde Lucanor et de Patronio, escrito entre 1331 y 1335, su título original es De lo que contesçió a un omne bueno con su fijo (De lo que aconteció a un hombre bueno con su hijo), aunque popularmente sea conocido como el cuento del padre, el hijo y el burro.
«Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí, para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar un burro para traer la carga. Camino del mercado, yendo los dos a pie y el burro sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras el burro iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura.
Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar del burro y se acomodó él sobre el animal.
Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie.
Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que el burro que montaban era tan flaco y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en él. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras.
Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y el burro sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo al burro, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en este único animal, y a ti también te parece verdad lo que dicen.
Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados por las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas en el burro y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo en el burro y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos critican.
He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.»
El refranero lo resume asegurando que Nunca llueve a gusto de todos. Por eso, haz lo que tengas que hacer o consideres más conveniente, como dice la moraleja, porque será difícil que todos aprobemos lo que hayas hecho, estés haciendo o vayas a hacer. Vamos, que hagas lo que hagas, la cagas.
Los cambios en el lenguaje suelen darnos pistas para saber por dónde van los tiros, de dónde sopla el viento, cuál es el rumbo que seguimos.
Hoy pongo mi atención en dos prefijos: post-, definido como ‘detrás de’ o ‘después de’, y trans-, que parece estar dándole el relevo, y que significa ‘al otro lado de’ o ‘a través de’, según el diccionario de la RAE, pero también, ‘que atraviesa’, ‘sobrepasa’, ‘de un lado al otro’ o ‘más allá de’.
El pensamiento, esa facultad o capacidad de pensar que tenemos los seres humanos, fue abriendo caminos por donde transitar y construir valores, llenando de ‘ismos’ el saco de las corrientes filosóficas: modernismo, liberalismo, socialismo, capitalismo, comunismo, humanismo y un largo etcétera.
Pero los ‘ismos’ se fueron gastando. En la segunda mitad del siglo XX, la modernidad se hizo líquida, que decía Bauman, y habitó entre nosotros. Poco a poco nos fuimos desprendiendo de patrones o estructuras que hasta entonces parecían sólidas y entramos en una era post-todo, en una modernidad postmortem que planteaba la búsqueda de lo nuevo, de algo que estaba después de lo vivido y conocido.
Así empezaron a circular términos como postmodernidad, postcolonialismo, postcomunismo, postnacionalismo o posthumanismo; también postimpresionismo y postromanticismo; la era postindustrial y hasta el postcapitalismo. Una posición que se configuraba no tanto como una alternativa o una superación de la anterior, sino como un rechazo de la misma. De ahí el papel perturbador del prefijo post-, que socava la noción de los conceptos a los que se asocia. Tal vez la postverdad, retratada con trazo grueso en No mires arriba (Don’t Look Up), la cinta de Adam McKay que llena las salas de cine estos días, sea el canto del cisne de esta era post.
Hoy ya no es este prefijo el que mejor da cuenta de nuestra realidad, sino el trans-, dado que connota la forma actual de transcender los límites de aquella modernidad, yendo más allá. Nos habla de un mundo en constante y acelerada transformación, basado en la transmisión de información en tiempo real, de una realidad novedosa y transgresora de muchos conceptos con los que hemos vivido y que ya no sirven para entender, ni para explicar, el mundo. Así, la transmodernidad es el nuevo paradigma geopolítico, encarnado en el poder de las organizaciones transnacionales y los movimientos migratorios transfronterizos.
En nuestra realidad cotidiana, se hacen presentes los alimentos transgénicos y los representantes tránsfugas de la voluntad popular; la dimensión transgénero y la transexualidad. Las opciones ideológicas ya no son packs cerrados y todo empieza a ser más transversal. Y, entre tanto, transitamos hacia la transformación de la condición humana mediante el transhumanismo.
Post- y trans- son dos prefijos que marcan época, que han ido eliminando todo resto de nombre propio, situando la existencia en el marco de una tenebrosa sensación de supervivencia, de vivir en las fronteras del presente.
Tal vez por este camino lleguemos a la nietzscheana transvaloración de todos los valores, para volver a la casilla de salida. Estamos ¿detrás de?, ¿al otro lado?, ¿más allá?
Postdata: Sabiendo que la posición siempre es importante, ¿tendría algún sentido volver atrás?